En Mayo de 1886, Margaret Danley Stetter dio a luz a una niña en un refugio en una colina en el oeste de Nebraska. Ella vino de una larga línea de colonos, que trataron de convertir la pradera en tierras cultivables, algunos con más éxito que otros. Su esposo, John, se ganaba la vida como vaquero y se necesitaron varios telegramas para convencerlo de regresar a casa para conocer a su primogénita, Leta. Su reacción fue menos que paternal. Después de verla, presuntamente dijo, “daría mil dólares si fuera un niño”.

Ese sentimiento no era poco común en ese tiempo. Las mujeres eran ampliamente vistas como física y mentalmente inferiores a los hombres. Pero esa pequeña niña, Leta Stetter Hollingworth, crecería para ser una psicóloga pionera que pasó su vida tratando de probar la igualdad entre los sexos.

Como una de las primeras mujeres que desmintieron científicamente la supuesta superioridad de los hombres, la investigación de Hollingworth le dió credibilidad al creciente movimineto feminista de principios del siglo XX.

Los primeros experimentos de Hollingworth en su posgrado en la Universidad de Columbia, seguramente habrían hecho que su padre explorador se sonrojara. Por siglos, los hombres se desconcertaban por los ciclos menstruales, afirmando que las mujeres no eran aptas para la educación superior o la fuerza laboral porque eran muy inestables por una semana de cada mes. De modo más pernicioso, los doctores identificaron una condición física, después considerada enfermedad mental, para mujeres demasiado emocionales–histeria, que su etimología viene de la palabra griega para útero. El diagnóstico era serio, con frecuencia resultaba en tratamientos cuestionables, y peor, en internaciones.

Para refutar la fragilidad femenina, Hollingworth llevó a cabo una extensiva serie de pruebas diarias en seis mujeres y dos hombres por varios meses, iban desde qué tan rápido podían golpear una placa de bronce 400 veces seguidas hasta sus habilidades en una máquina de escribir. ¿El resultado? Las mujeres se desempeñaron igual de bien en todas las tareas, incluso durante sus periodos.

Hollingworth escribió en su disertación de 1914, la cual contradecía directamente las opiniones de su asesor de tesis: “Los hombres a los que nunca se les habría ocurrido escribir autoritariamente de cualquier otro tema en el que no tuvieran conocimiento o experiencia” no dudaron en hacer declaraciones sin fundamento sobre las capacidades intelectuales y físicas de las mujeres durante sus ciclos mensuales. Hollingworth esperaba que otras mujeres continuaran con los experimentos, para que pudieran reescribir la “psicología de la mujer basada en la verdad, no en la opinión; con precisión, no con evidencia anecdótica; con información exacta en lugar de pedazos de magia”.

“Para refutar la fragilidad femenina, Hollingworth llevó a cabo una extensiva serie de pruebas diarias en seis mujeres y dos hombres por varios meses, iban desde qué tan rápido podían golpear una placa de bronce 400 veces seguidas hasta sus habilidades en una máquina de escribir. ¿El resultado? Las mujeres se desempeñaron igual de bien en todas las tareas, incluso durante sus periodos”

Pero un ciclo después, no mucho ha cambiado. El tipo de preguntas que estaba haciendo Hollingworth y las respuestas que encontró se siguen debatiendo. A través de su trabajo, también se involucró en la lucha por el sufragio de las mujeres, que resultó en la ratificación de la Enmienda 19 en agosto de 1920 garantizando el derecho de las mujeres al voto. (Al menos en papel. Muchas mujeres, especialmente las mujeres negras, siguieron siendo excluidas.) Aunque las mujeres han tenido el voto por un siglo, los hombres en el poder siguen usando asumpciones falsas para minimizar a las mujeres.

En el 2015, el entonces candidato Donald Trump sugirió que la presentadora de noticias de Fox News Megyn Kelly tenía “sangre saliendo de su lo que sea”, después de que ella le preguntó acerca de una serie de comentarios misóginos durante un debate republicano. (Trump después se retractó y dijo que se refería a sangre saliendo de su “nariz” y culpó a los “tontos políticamente correctos”.) Trump tambiénatacaría seguido a Hillary Clinton diciendo que “ella no tiene la resistencia”. Después de ganar la elección, él dijo que Clinton “fue vergueada”, una referencia no tan sutil a los genitales masculinos.

Hollingworth creía que los poderes de la sugestión social y la opinión pública eran dos de las muchas maneras en las que los hombres trataban de ejercer “control social” sobre las mujeres. En un artículo radical publicado en el American Journal of Sociology en 1916, ella sugirió que el gobierno trataba de obligar a las mujeres a tener hijos al hacer ilegal el distribuir información sobre planificación familiar: “Mientras afirmaban que la naturaleza esencial de la mujer es estar satisfecha solo con la maternidad y los deberes maternales”, Hollingworth escribió, “la sociedad siempre ha tomado toda precaución para cerrar las avenidas de escape de ahí”.

Ella encontró eventualmente su propia ruta de salida a través de la ciencia, pero fue más por un camino accidental que un escape cuidadosamente planeado. Después de graduarse de la Universidad de Nebraska en 1906, ella trabajó como profesora en dos pueblos de ahí. En diciembre de 1908, ella se casó con su compañero de la universidad Harry Hollingworth, lo alcanzó en Nueva York en donde él estaba estudiando para un doctorado en psicología en Columbia. Ahí, ella descubrió que las mujeres casadas no podían trabajar como profesoras.

Lo que se decía en ese entonces era que las mujeres no podían ser amas de casa y profesionales al mismo tiempo, porque fallarían en sus deberes primarios a sus esposos y familias. Después de tres años de estar sentada en un departamento esperando a que su esposo regresara a casa de su trabajo de profesor mal pagado en Barnard, la universidad para mujeres afiliada a Columbia, la liberación llegó en forma de un benefactor corporativo: Coca-Cola.

En 1911, el gobierno de EU estaba demandando a Coca-Cola por vender una “bebida adulterada” con cafeína añadida. Harry Hollingworth tomó la asignación, que sus mentores habían rechazado, de investigar los efectos de la cafeína en la función mental. El trabajo en la industria estaba estigmatizado como corruptor del proceso científico, pero Harry necesitaba desesperadamente el dinero. Mientras que la cantidad total del contrato es desconocida, fue suficiente para permitirle contratar a Leta como asistente de tiempo completo para el estudio, así como para cubrir parte del costo de su posgrado. A lo largo de sus experimentos, ellos registraron 64,000 medidas–todas a mano– encontrando que la cafeína, especialmente en las dosis utilizadas en la Coca-Cola, no era peligrosa.

Esta parece ser la última vez en la que Leta Hollingworth se benefició de financiamiento institucional–corporativo o de otro tipo– ya que ella tendría que financiar su investigación en las siguientes décadas con su sueldo, de acuerdo a Linda Kreger Silverman, una psicóloga y directora del Instituto para el Estudio del Desarrollo Avanzado en Colorado.

Fue durante sus estudios de posgrado cuando Hollingworth empezó a enfocarse en la “pregunta de mujer”. Su pasión fue impulsada por la discriminación que ella encontró al llegar a Nueva York y ser obigada a quedarse en casa. “Fue la experiencia fundamental que la llevó a decir, ‘Estoy luchando por ustedes chicas. Estoy dentro al 100 por ciento’”, dice Silverman.

En los siguientes años, Hollingworth publicó una serie de estudios que hacían hoyos en uno de los conceptos erróneos predominantes de la época: la variabilidad en el intelecto masculino. Impregnada con la teoría de la evolución de Charles Darwin, la creencia aceptada era que había un rango más amplio de inteligencia entre los hombres, que significaba que habían más hombres idiotas pero también más hombres genios. Por el otro lado, se creía que las mujeres se agrupaban en el mismo nivel promedio de inteligencia.

Hollingworth creía que el concepto fundamental era absurdo. Para ella, las mujeres eran tan brillantes (y estúpidas) como los hombres. Ella encontró un trabajo temporal administrando pruebas de inteligencia a niños y adultos con problemas de desarrollo en la Casa Clearing para Enfermos Mentales en Nueva York. Ella también empezó a analizar todas las admisiones a la institución. Sus descubrimientos, publicados en 1916, mostraron que más hombres eran admitidos entre las edades de 2 a 16, pero después los números cambiaban y la proporción de las mujeres era mayor.

Ella le atribuía la diferencia entre hombres y mujeres a las fuerzas sociales. Dado que las mujeres no estaban en la sociedad “competitiva”, tomaba más tiempo en reconocer si había algún problema, especialmente si solo se esperaba que completaran tareas domésticas básicas. “Una mujer con una edad mental de 6 años sobrevive en la sociedad igual de bien que un hombre con edad mental de 10 u 11 años”, Hollingworth escribió. Estableciendo que las mujeres podían ser tan variables como los hombres cuando se hablaba de niveles bajos de inteligencia, lo que significaba que probablemente el otro lado sería cierto–las mujeres podían ser igual de listas.

Hollingworth continuó a conducir experimentos examinando el problema de la variabilidad desde recién nacidos hasta estudiantes universitarios. Los estudios concluyeron que las mujeres exhiben tanta variedad física y mental como los hombres, pero que las fuerzas sociales evitaban que las mujeres alcanzaran todo su potencial. Su investigación fue apoyada inmediatamente por feministas de la primera ola–incluyendo a Marie Jenney Howe y Henrietta Rodman–quienes estaban buscando ciencia para respaldar su caso por la igualdad de las mujeres y el derecho al voto.

En 1914, Rodman y Hollingworth enviaron una carta al Presidente Woodrow Wilson, junto con otras asociadas de la Alianza Feminista, pidiéndole apoyo para una enmienda constitucional en la que “ningún derecho civil o político será negado a ninguna persona por su sexo”, de acuerdo al periódico The Sun.

En 1915, Doris Fleischman la activista de la Liga Lucy Stone llamó a Hollingworth “la científica entre feministas” en una reseña en el New York Tribune. Más tarde en ese año, Hollingworth fue perfilada en The New York Times Magazine por Rheta Childe Dorr, editora de The Suffragist, en un especial titulado “¿La mujer está excluida biológicamente del éxito?” “El mundo necesita genios”, explicó Dorr. “Algunos de estos genios, la mitad tal vez, yacen latentes en mujeres, y el problema que las mujeres enfrentan hoy es cómo liberar esa genialidad latente sin robarle al mundo sus madres”.

Con la investigación de Hollingworth en cuenta, Dorr concluyó: “Las mujeres están empezando a entenderse como ningún científico hombre podría entenderlas, y ellas enfrentan a su gran problema confiando en que nada en la naturaleza se pondrá en el camino de su solución”.

Hollingworth le presentó sus descubrimientos a sus compañeras de Heterodoxy, un influyente grupo feminista en Greenwich Village, que contaba con la educadora Elisabeth Irwin y su pareja, la escritora Katherine Susan Anthony, entre sus miembros. Hollingworth marchó en desfiles sufragistas (junto a su esposo) y fue designada como supervisora de encuestas para el Partido por el Sufragio de la Mujer en su distrito.

En 1916, poco después de obtener su doctorado del Colegio de Profesores de Columbia, Hollingworth fue contratada por la universidad como instructora de psicología educacional. Fue en este punto en el que el enfoque de su investigación comenzó a moverse al otro gran pilar de su carrera–el estudio de niños superdotados. Siguiendo el descubrimiento del Niño E, un niño de ocho años con un CI de 187, Hollingworth continuó a examinar problemas de género entre los superdotados (así como en los discapacitados con problemas de desarrollo) a lo largo de su carrera.

Mientras que Hollingworth sostenía ideas progresivas sobre las mujeres, no siempre acertaba. Como era la costumbre de muchos científicos de la época influenciados por las teorías de herencia de Sir Francis Galton, Hollingworth apoyaba la eugenesia positiva, principalmente que los adultos con coeficientes intelectuales altos deberían procrear entre ellos.

En las siguientes dos décadas, Hollingworth, quien nunca tuvo hijos, publicaría libros revolucionarios de psicología adolescente, discapacidades intelectuales y genialidad, estableciendo dos programas en Nueva York para niños superdotados. Pero su trabajo sería interrumpido.

En 1939, Hollingworth fue hospitalizada con dolor severo y agotamiento. Unas pocas semanas después murió de cáncer abdominal, el cual había mantenido secreto de Harry por más de una década. Después de su muerte, Harry escribió una biografía de su esposa, catalogando su trabajo por primera vez.

Al reseñar el libro, el amigo y contemporáneo de Hollingworth Lewis Terman, un psicólogo de Stanford, escribió: “La productividad comparable por un hombre probablemente habría sido recompensada con la presidencia de la Asociación Estadounidense de Psicología o incluso con la membresía de la Academia Nacional de Ciencias”.

Pero estos honores eludieron a Leta Hollingworth, como Terman sugiere, por su género.

“Las mujeres están fuera de los libros de historia. Los únicos que están realmente en los libros de historia son los hombres blancos”, dice Toni Van Pelt, presidenta de la Organización Nacional para Mujeres. “Porque incluso cuando las mujeres hacen los logros, los hombres se los quitan y los declaran suyos”.

En el siglo pasado, el progreso ha incrementado. Mientras que han habido muchos triunfos legales importantes, como el paso del Título IX en 1972, que protege en contra de la discriminación de sexo en la educación, la lucha por la Enmienda de Igualdad de Derechos, que garantizaría la igualdad para las mujeres en la constitución de EU, sigue atorada en el limbo legislativo casi 50 años después de que el proyecto de ley fue propuesto.

Ahora las mujeres superan en número a los hombres en obtener todos los títulos desde asociados hasta doctorados y componen la mitad de la fuerza laboral, aun así todavía ganan menos dinero, tienen menos cargos de liderazgo corporativo y se enfrentan a “prejuicios antiguos” en cada esquina, dice Kimberly Churches, la CEO de la Asociación Americana de Mujeres Universitarias. “No hemos erradicado los problemas que existen que no tienen nada que ver con las niñas o con las mujeres y están profundamente arraigados en nuestra sociedad de modo patriarcal”, dice Churches.

Hollingworth no estaba atada por estas limitaciones. Poco después de su muerte, rompería un último techo de cristal, tomando el lugar que le correspondía junto a los científicos más grandes de su generación. Leta Hollingworth fue incluida en un prestigioso directorio profesional que sin duda habría enorgullecido a su padre: Hombres Americanos en la Ciencia.