La influencia de las emociones en el dolor del cuerpo

 

 

La ansiedad puede disparar los dolores de cabeza y las migrañas, como advierte la Clínica Mayo. También los dolores musculares, que se tensan como respuesta natural a esa llamada de alerta que es el estrés.

 

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A veces nos duelen partes del cuerpo sin motivo y nos pasamos meses intentando averiguar qué los causó, sin darnos cuenta de que el origen pueden estar en nuestras emociones
 
El cuerpo y las emociones van de la mano, cuando uno habla el otro reacciona. Lo confirman numerosas investigaciones científicas: el dolor, en parte, es una experiencia emocional.
 
De hecho, la Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP) define dolor como “una experiencia sensitiva y emocional desagradable, asociada a una lesión tisular real o potencial que en ocasiones se presenta en ausencia de daño en los tejidos, por lo cual, no siempre está relacionada con un estímulo específico”. Esta descripción incorpora los principios básicos para el control del dolor total desde una dimensión física, emocional, social y cognitiva o del pensamiento. Por ejemplo, determinado tipo de pensamientos como los pensamientos catastrofistas se ven asociados a una mayor probabilidad de cronificación del dolor.
 
 (Foto: Getty)
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Por su parte, la Sociedad Española del Dolor (SED) señala al miedo, la ansiedad, la tristeza y la ira como las principales emociones desencadenantes del dolor, tal y como recoge este artículo publicado en su revista.
 
Las investigaciones más completas (como este video realizado por el científico Lorimer Moseley) han subrayado que “los factores psicológicos alteran el estado emocional y modifican la percepción del dolor”.
 
Varios estudios confirman la alta incidencia de la depresión y la ansiedad asociada al dolor crónico y afirman que tiene un peso importante en la evolución del dolor crónico y en la discapacidad del paciente.
 
Sin embargo, es importante aclarar que no se trata de una relación causa-efecto. Algunas corrientes como la bioenergética emocional afirman que un dolor es un mensaje del cuerpo que está pidiendo tiempo para procesar emociones postergadas y que, si persistes en evitarlas, puede transformarse en una enfermedad crónica.
 
Esas emociones ‘reprimidas’ pueden estar relacionadas a vivencias actuales o, incluso, a algún tipo de trauma sufrido en etapas como la infancia o la adolescencia y que no supieron gestionarse de manera correcta.
 
"Aunque no lo parezca, las emociones tienen cierto poder sobre el cuerpo, sobre todo cuando quedan atrapadas en el interior y no se expresan o no lo hacen de manera adecuada. ¿No te pasa que en épocas de más estrés te duele la cabeza o sientes malestar en el estómago?", pregunta la psicóloga Gema Sánchez Cuevas, directora de la revista digital La mente es maravillosa.
 
Si no conseguimos 'reconciliarnos' con nuestro dolor emocional podemos sufrir a la larga serios problemas, ya que todo organismo sufre las consecuencias hasta el punto de experimentar ciertas dolencias: desde migrañas, hasta mareos, sarpullidos en la piel, náuseas, dolor de estómago, o dificultades para dormir.
 
 
Depresión, ansiedad y estrés son las reacciones emocionales sobre las que más se ha estudiado su relación en la génesis de alteraciones en la salud, explica Mariano Chóliz Montañés, Dpto de Psicología Básica Universidad de Valencia. Las conclusiones indican que tanto el estrés como la depresión están relacionados con el descenso de la actividad inmunológica, lo que cual nos hace más vulnerables a la enfermedad. (Foto: Getty)
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Sin embargo, tal y como nos explica la Almudena Mateos, master en dolor, doctora en psicología y socia de la SED, no hay evidencias científicas en lo que plantea la bioenergética emocional y es importante entender (y aclarar) la relación entre las emociones y el dolor corporal porque aunque "todo dolor tiene un componente emocional", no se puede atribuir una relación directa entre un dolor localizado en una parte del cuerpo y un trauma o una emoción concreta.
 
Mateos afirma que "no hay una emoción que genera un dolor",  ni tampoco un dolor físico y otro emocional, sino que van unidos. Por ejemplo, una emoción mantenida en el tiempo puede generar una respuesta fisiológica como una contractura muscular producida por el estrés.
 
En este sentido, hay estudios que relacionan la parte fisiológica con cambios a nivel básico (aparecen dolores musculares, se cierra el estómago o aumenta la sensación de hambre emocional).
 
Es decir, dado que la ansiedad conlleva niveles elevados de estrés de manera continuada, este puede provocar varias afecciones en el cuerpo como dolores de cabeza, problemas gastrointestinales o alteraciones en la respiración.
 
Por otro lado, se sabe que el estrés continuado incluso puede alterar el estado de la microbiota, cambiando su composición o aumentando las bacterias menos beneficiosas y afectando al sistema inmune. Y si este estado de nerviosismo se prolonga durante mucho tiempo, puede hacer que zonas como el cuello o la espalda terminen resintiéndose.
 
¿Podemos enfermar por no gestionar bien las emociones?
 
Las emociones son una respuesta del ser humano a determinadas situaciones, la gestión de estas emociones determina nuestro comportamiento y por lo tanto influyen en nuestra salud.
 
Pero las emociones no son negativas ni positivas, todas tienen su utilidad, a nivel bioquímico las emociones conllevan la segregación de sustancias en el cuerpo como hormonas y otras que preparan a nuestro cuerpo para responder ante la situación que las provocan.
 
Por ejemplo, imaginemos una situación que vivimos como un posible ataque, podemos sentir miedo y generar estrés. En esa situación nuestro cuerpo está segregando sustancias como el cortisol que produce vasodilatación y por lo tanto, favorece la llegada de oxígeno a nuestros músculos para atacar o huir. Después de pasar por una situación así sentimos cansancio y debilidad durante un tiempo, si esa sensación de amenaza permanece durante más tiempo puede provocar alteraciones como dificultades para dormir, problemas musculares e incluso alteración del sistema inmune y así hacernos más vulnerables a problemas de salud.
 
“Saber gestionar emociones como el estrés, la rabia o el miedo pueden prevenir este tipo de problemas”, apunta Mateos.
 
Debemos entender, por tanto, que si ciertas reacciones emocionales (ansiedad, tristeza, depresión e ira) alcanzan niveles demasiado intensos o frecuentes pueden producir cambios en la conducta, de manera que se olvidan los hábitos saludables como el ejercicio o una dieta adecuada, y se desarrollan conductas adictivas (tabaquismo, alcohol, etc.), lo que pone en peligro nuestra salud.
 
“Si una persona está muy angustiada por un problema y se queda en casa para evitar agravar la ansiedad, a corto plazo puede ser una solución, pero a largo plazo se disminuye la movilidad lo que puede provocar una menor tonalidad muscular y si eso se prolonga en el tiempo provocar dolor muscular o lesiones”, explica el doctor Jordi Montero, autor de ‘Permiso para quejarse. Digamos que por ejemplo, es el mismo efecto que ha provocado el confinamiento en el cuerpo de muchas personas, generando dolores o lesiones por la baja movilidad”.
 
 
En ocasiones tenemos reacciones desmedidas (patológicas) debido a desajuste en la frecuencia o intensidad. Cuando esto sucede, puede sobrevenir también un trastorno de la salud, tanto mental (trastorno de ansiedad, depresión mayor, etc.) como físico. (Foto: Getty)
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Por otro lado, tal y como apunta Mateos, la disminución de serotonina y dopamina están relacionadas con el incremento del dolor. A su vez la depresión está relacionada con la disminución de la serotonina, luego hay una relación que podemos llamar “bioquímica” entre la depresión y el dolor. Por lo tanto, a más depresión, más probable sentir dolor; y a más dolor, más probable sufrir depresión.
 
“Pero estas sustancias no son lo único que relaciona los aspectos emocionales y el dolor. Así, cuando sentimos dolor y este dolor tiene consecuencias a nivel familiar o laboral esto provoca una bajada de ánimo y puede llevar a la depresión lo que influirá a su vez en el dolor”, añade la psicóloga.
 
Pensemos también qué pasa en nuestro cuerpo cuando tenemos ansiedad: nuestros músculos se tensan, nuestra respiración se altera, nuestro corazón late más deprisa e incluso se altera nuestro sistema digestivo. Esto es una respuesta normal de nuestro cuerpo ante una demanda del exterior, pero si esto se mantiene en el tiempo la consecuencia es una alteración de estos sistemas que pueden provocar trastornos de salud como dolores musculares o trastornos digestivos.
 
Además, si estas emociones mantienen niveles de activación fisiológica intensos que pueden deteriorar nuestra salud si se cronifican. Por ejemplo, los pacientes con hipertensión arterial, asma, cefaleas crónicas, o diferentes tipos de dermatitis, presentan niveles más altos de ansiedad e ira que la población general. De hecho, una alta activación psicológica puede estar asociada con un cierto grado de inmunodepresión, lo que nos vuelve más vulnerables al desarrollo de enfermedades infecciosas (como la gripe, herpes, etc.) o de tipo inmunológico (lupus eritematoso, esclerosis múltiples, etc.).
 
Así lo confirma en este informe el profesor Chóliz Montañés del departamento de Psicología Básica de la Universidad de Valencia, quien señala que: “Los procesos emocionales han demostrado su relevancia en alteraciones del sistema inmunológico, trastornos coronarios y del sueño... por poner sólamente algunos ejemplos. La disciplina científica que recoge estas aportaciones es la actual Psicología de la Salud (Matarazzo, 1982), heredera de la Medicina Conductual y Medicina Psicosomática”.
 

 

La ansiedad puede disparar los dolores de cabeza y las migrañas, como advierte la Clínica Mayo. También los dolores musculares, que se tensan como respuesta natural a esa llamada de alerta que es el estrés.

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