Conocí a su mamá en una cafetería, ahí nos empezó a contar la historia de su hija, una niña que sufría acoso escolar y que la escuela poco o nada quería hacer al respecto. Poco a poco su mamá me fue explicando y me fue contando cómo es que su pequeña hija –en ese momento de seis años–, que había sido registrada como varón a partir de sus órganos sexuales, se reconocía como lo que verdaderamente era, una niña. Es decir, una niña trans.

 

Hoy me quiero ocupar de cómo un padre y una madre amorosos deciden andar un camino junto con su hija. Primero pensaron que era un niño gay. Sin embargo, sabían en su fuero interno  que había  algo más, así que no se detuvieron en una respuesta rápida.  Iniciaron un recorrido largo, pasando por docentes, pediatras, y por miles de páginas de internet.  Hasta que por fin llegaron al lugar correcto y  recibieron todas las respuestas qué buscaban. Qué significaba ser una persona trans y cómo era  importante contar  con el apoyo de su mamá y de su papá.

 

A partir de ahí, ellos iniciaron uno de los caminos, sin duda, más importantes que alguna pareja de padres ha hecho en este país y fue no sólo luchar por que a su hija se le reconociera en su acta de nacimiento su género femenino, sino, además, compartir sus experiencias con otros padres y  madres que estaban enfrentando esas mismas realidades y que no contaban con las herramientas que ellos ahora tenían. Gracias a ellos conocí, desde ser una niña trans, una de las facetas más hermosas de cualquier ser humano, la infancia.

 

Con esta familia  tuve la gran oportunidad de acercarme al gran movimiento de las familias trans en México y de Estados Unidos, conocer y reconocer toda la información que es necesaria para entender lo que se debe hacer y lo que no se debe de hacer, así como cuál es el acompañamiento legal, familiar y social que se debe brindar.

 

Recuerdo cómo a sus siete años obtuvo su acta de nacimiento con su reconocimiento femenino y cómo con orgullo  mostraba sus documentos y destruía  los que no la identifican.

 

Les comparto esta maravillosa historia porque quiero hacer un llamado al Congreso de la Ciudad de México y decirles, que urge ¡ya! que así como está el trámite de reconocimiento de género a través de un procedimiento en el registro civil a las personas a partir de los 18 años, lo mismo debe de suceder con nuestras niñas, niños y adolescentes.  Ellos y ellas no tienen por qué tener un trato diferenciado y no deben sufrir la imposición de  un género con el cual no se identifican, ya que también tienen derecho a la construcción de su personalidad.

 

Si logramos avanzar en  el registro civil con este reconocimiento, estoy segura de que los índices de discriminación bajarán para las personas trans, pues ya no tendrán que hacer estos procedimientos legales, de rol de género, físicos y/o hormonales a edad adulta, con los trances que conlleva no solo sociales, sino de salud.

 

Todas las personas trans remiten a su infancia y adolescencia como el momento definitorio del reconocimiento de su identidad de género.  Por eso, estoy segura de que cuando se respeta y se ejerce, lo que logramos es tener al paso de los años, jóvenes y adultos totalmente insertados en la sociedad, libres de prejuicios y estigmas.

 

Dicho de otra manera, reconocer a tiempo el género de las personas, es lo que toca hacer como gobierno, como familias y como sociedad respetuosa de la identidad de la otredad.