Jesús Cabanillas Flores llegó al mundo el 24 de diciembre de 1946 sin sospechar que ya convertido en Óscar Liera sería un auténtico regalo navideño para el teatro mexicano. Cuando lo conocí, a finales de los años 70 en su departamento de la Ciudad de México, comenzamos una correspondencia esporádica que se perdió cuando una de mis amadas esposas tiró mi ropa, mis cuadernos y parte de mi biblioteca desde un tercer piso de los Edificios Condesa. Con todo, recuerdo nítidamente una misiva que Óscar me mandó desde Culiacán, en la que comentaba irónicamente la carga que representaba para un autor dramático y “progresista”, haber nacido el día de la Natividad y llevar el nombre del Salvador del Mundo. En la posdata de su carta me advertía que si divulgaba yo la fecha de su nacimiento y su nombre de bautizo, él se vengaría narrando la borrachera en la que, para regocijo de quienes estaban en el secreto, batallé toda la noche tratando de conquistar a una dama tan bella y sensual que me caí de la silla (no de la cama), cuando descubrí que era un varón.

 

Óscar y el de la voz fuimos tal vez la última generación que utilizó el correo para compartir las tribulaciones y los relámpagos de los días aciagos y los momentos de epifanía. Fueron cartas esporádicas escritas desde la emoción razonada porque el impulso era etílico pero había la intención de afirmar algo sobre el sentido de la vida y la escritura, de tomar postura, a la manera de Albert Camus, uno de nuestros héroes vivenciales y literarios. El nombre del James Dean de la filosofía y la dramática francesa de posguerra me recuerda que otra de las pasiones que compartí con Óscar fue París, la ciudad luz que nos hizo sentir parte de la impresionante lista de artistas que afinaron en las covachas de la rivera zurda su pincel y su pluma. Él estudió actuación en la Universidad de Vicennes, la legendaria escuela fundada en 1968 por Marleu-Ponty y Louis Althusser, entre otras luminarias, y ahí tuvo noticias de la obra en construcción de Michel Foucault porque era uno de los maestros estrellas de aquel experimento formativo que fue uno de los centros de agitación en el mayo del 68 francés.

 

Por mi parte, caí literalmente por primera vez en París precisamente en mayo de 1968, y quedé tan atónito por lo que vi en las calles que abandoné el tour que debía llevarme por media Europa para domiciliarme en la Escuela de Bellas Artes de la calle Bonaparte, en el Barrio Latino, donde aprendí a fabricar bombas Molotov y conocí las bondades del amor libre.

 

París me conectó con Óscar de una manera personal, por aquella alteración del tiempo y el espacio del mundo interior que se comparte con la gente que ha estado en el mismo puente que tú, contemplando el eterno transcurrir del río Sena y admirando las torres góticas de Nostra Dame. Pero el teatro nos convirtió en cómplices del mismo asalto, de la misma aventura. Por ello, en estos tiempos aciagos su figura y su quehacer hacen falta, pues él supo enfrentar al Ogro filantrópico mejor que nadie. Como Óscar murió joven, nunca correrá el riego de convertirse en todo lo que combatimos a los 20 años *, como le ocurrió patéticamente a Heraclio Zepeda al recibir la Medalla Belisario Domínguez.

 

Óscar Liera será para siempre el agraciado hombre de teatro que le dio al drama regional mexicano su dimensión universal. Óscar será, hoy y mañana, el artista culichi que tuvo los tamaños para enfrentarse a gobernadores tan torvos como Toledo Corro; será el autor de Cúcara y Mácara, la sátira que provocó la respuesta más brutal que la ultraderecha guadalupana haya ejercido contra una manifestación artística en el siglo XX mexicano; será el escritor de una obra premonitoria de la violencia urbana y el feminicidio, como Dulces compañías; será el poeta de El camino rojo a Sabaiba, y el autor de farsas familiares como Las Ubarry, que se están montando en España y en Polonia.

 

A 25 años de su muerte (5 de enero de 1990), el teatro de Óscar Liera está conquistando públicos internacionales sin la promoción de las instituciones culturales de su estado y su país, por mérito propio, como el autor que recuperó entre nosotros no al actor, no al autor, no al director, no al tribuno sino al hombre de teatro a la Moliere: el comediante completo.

 

Querido Óscar: aquellas cartas escritas a mano que cruzamos en el pasado siglo XX tenían, literal y físicamente la potencia de esa parte invisible del ser que llamamos espíritu. Ahora todo se escribe en computadoras, que acaso evitan el correr de la sangre del corazón a la mano, que la tira como tinta en el papel donde el signo se borra con el tiempo. Ignoro si hay chips que guarden para siempre las palabras que escribimos en sus asombrosos circuitos. Lo que sé de cierto, porque es mi corazón el que dicta la sentencia, es que gracias a tu hermana Adelina, quien me pidió estas líneas, siento que estás junto a mí en la medida en que repaso, en mi extraviada memoria, las cartas que tiró una de mis amadas esposas desde el tercer piso de los famosos Edificios Condesa. Ni tú ni yo somos, fuimos creyentes de la vida después de la muerte. Pero sucede una cosa: hay momentos en que los vivos nos conectamos con los muertos por el poder del recuerdo. En nombre de esa potestad, feliz navidad y feliz cumpleaños, amigo, camarada,compa Óscar Liera.

 

(*) José Emilio Pacheco