“La demagogia es la capacidad de vestir las

ideas menores con las palabras mayores”.

Abraham Lincoln

 

Las formas de gobierno, según lo propone Ignacio Burgoa en su obra “Derecho constitucional mexicano” se refiere al cómo se ejerce el gobierno de un Estado y en qué personas se deposita su ejercicio, siendo la monarquía, la república, la democracia y la autocracia, las principales formas en que se estructuran los gobiernos. La demagogia u oclocracia no es una forma de gobierno, mucho menos un régimen político como el parlamentarismo o el presidencialismo, sino simplemente una práctica política. Probablemente haya sido Aristóteles quien la caracterizó por primera vez, definiéndola como una forma corrupta o degenerada de la democracia. El diccionario de política de Bobbio y Matteucci señala que la demagogia “…se apoya en el sostén de las masas favoreciendo y estimulando sus aspiraciones más irracionales y los sentimientos más decadentes y elementales y las desviaciones de la real y consciente participación activa en la vida política”. Tendiendo siempre tales prácticas políticas a la instauración de regímenes autoritarios, oligárquicos y hasta tiránicos. Así, a través de la práctica demagógica, el demagogo utiliza a las masas como un simple instrumento con el único propósito de obtener fines eminentemente personales.

 

Pero ¿Qué es lo que permite al demagogo instrumentalizar a la masa? De acuerdo a lo señalado por Gustave Le Bon en la “Psicología de las Masas”, ello es posible ya que los individuos a partir de que conforman una masa, ya sean estos ignorantes o sabios, se convierten en igualmente incapaces de observar con objetividad. Abundando que en toda asamblea anónima, así se encuentre compuesta por universitarios, la discusión revestirá la misma forma que si se compusiera por una plebe. Así, señala Le Bon “Al no ser impresionada la masa más que por los sentimientos excesivos, el orador que desee seducirla debe abusar de las afirmaciones violentas. Exagerar, afirmar, repetir y no intentar jamás demostrar nada mediante razonamiento…”. Siendo las armas preferidas del demagogo el chantaje político, la manipulación de información, la exaltación de una supuesta virtud, pero sobre todo la incitación en el público de odios, miedos y prejuicios sociales.

 

Ahora bien, pero si el engaño es la principal estrategia del demagogo o “adulador del pueblo”, un ingrediente resulta vital para armar el tinglado: el prestigio. Al respecto Le Bon señala que este es “…una especie de fascinación que un individuo, una obra o una doctrina ejercen sobre nuestro espíritu”, el cual paraliza nuestras facultades críticas e impide ver las cosas tal y como son. Esto por supuesto, hasta que tal prestigio deje de existir. Y es que si bien la discusión del prestigio lleva a su lenta erosión, es el eventual fracaso lo que lo hace súbitamente desaparecer. El vaticinio del sociólogo francés no resulta muy prometedor cuando señala: “Las masas son siempre femeninas, pero las más femeninas de todas son las masas latinas. Quien se apoye en ellas puede ascender muy alto y con mucha rapidez, pero bordeando sin cesar la roca Tarpeya y con la certeza de ser precipitado desde ella algún día”. ¿Será? Al tiempo.

 

La del estribo

 

Fiel a su estilo, Gerardo Vargas Landeros, secretario general de Gobierno y el más fuerte entre los aspirantes del Revolucionario Institucional por la gubernatura del estado, se dejó querer por la raza en sencillo evento con motivo de su onomástico en el Lienzo Charro de Mazatlán. En el evento organizado por amigos y líderes de colonias populares y al cual asistieron más de dos mil personas, Gerardo Vargas recordó a los asistentes que en distintos periodos de su vida radicó en el bello puerto donde tuvo oportunidad de forjar valiosas amistades. Más que su probada capacidad de convocatoria, sorprende la sencillez del Secretario quien sin aspavientos lidera la competencia por la candidatura. Bien lo dijo Shakespeare: la lealtad tiene un corazón tranquilo. Le extendemos nuestras felicitaciones.

 

Twitter:  @jramonguzman 

COMENTA LA NOTA