“En política si las cosas no cambian es que siguen igual”

Filósofo de Güémez

 

De acuerdo con Engin F. Isin (Being Political: Genealogies of Citizenship, University of Minnesota Press, 2002) la explosión de las auditorias como mecanismo de control  tiene su origen en una reestructuración de la vida organizacional y una nueva racionalidad en los gobiernos. Así, no solo se plantea una nueva sociedad donde predomina la desconfianza y los criterios de juicio se vuelven rutinarios y abstractos, sino que otras formas (culturas) de evaluación son desacreditadas. Sin embargo, la misma auditoría, señala el autor, a pesar de ostentarse como imparcial y sistemática, presenta en su lógica parcialidades que la hacen incompatible con la democracia. Entre ellas, se encuentra el hecho de que la celebración de una auditoria apenas revela que una fue realizada. La razón principal de lo anterior, estriba en que dado su carácter eminentemente técnico, la auditoria como tecnología reclama una confianza y autoridad que impide la construcción de un diálogo y discusión democrática.

Pero la situación es aún peor, asegura Isin, ya que la expansión de la utilización de auditorías debe ser interpretada más como un fracaso de tal tecnología que de su supuesto éxito. Y aún más, al no contar con tecnologías para auditar a los auditores, los recursos públicos que se invierten en tales ejercicios (rituales huecos de verificación señala el autor) lejos de cumplir con sus objetivos propuestos terminan empoderando a los sujetos que ostentan una supuesta pericia y autoridad (expertise) en la materia, en perjuicio de la utilización de otros medios menos onerosos y más eficientes como la simple transparencia gubernamental. Como puede ver, no es una casualidad el que un ex funcionario de la Auditoria Superior de Estado (ASE) haya sido acusado en los corrillos políticos de imponer a su propio despacho contable y de auditoría (el cual cobraba al menos el doble que los demás), mediante la amenaza de ordenar una auditoría de verdad.

Así, nos resulta difícil creer las promesas de la nueva titular de la ASE, Emma Guadalupe Félix Rivera, respecto de que “va a ser un antes y un después” en materia de combate a la corrupción en Sinaloa.  Sobre todo cuando el mecanismo elegido por la titular para ofrecer una “nueva cara” de la institución (la realización de una auto-auditoría) es más adecuada para garantizar que se oculten las irregularidades, entre ellas, las enormes ganancias de una industria que ha sido más redituable para sus empresarios que para nosotros sus clientes. También lo dijo el Filósofo de Güémez: La confianza dura, hasta que se acaba.

Fe de erratas.

Si la sana lógica no nos engaña cuando pensamos que no se puede tumbar lo caído, erigir lo erigido ni constituir lo constituido, podríamos entonces asegurar que el Sistema Estatal para Prevenir, Atender, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres, amable lector, lectora, no fue instalado el sábado pasado en el salón Gobernadores de Palacio de Gobierno, sino un 8 de marzo de 2008 cuando fungía como gobernador Jesús Aguilar Padilla y como directora del Instituto Sinaloense de las Mujeres Margarita Urías Burgos. Dada la ignorancia (de la ley) con que están siendo abordados los temas de género por esta administración, esperamos que al menos no se pretenda apuntar como un avance en la agenda de género tal “instalación”. Además, al sistema no lo integran personas físicas sino instituciones. Como dice la raza: “parfavaar”.

La del estribo.

Aunque debo confesar que suena bastante metropolitana la idea de que Culiacán tenga un sistema de metrobús (un proyecto que a la fecha presenta un gasto de veinte millones de pesos cuando se encuentra apenas en el papel) a decir verdad prefiero la primer promesa de Jesús Valdez relativa a convertir a la capital sinaloense en una “safe-city” y que vuelvan a pasar los carros recolectores de basura con regularidad.

Twitter: @jramonguzman

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