“¡Simples palabras! Pero, ¿Hay algo tan real como las palabras?”

Oscar Wilde, escritor inglés

 

 

El propósito de todas las disposiciones que forman en conjunto el lenguaje jurídico, leyes, reglamentos, constituciones, contratos, convenciones internacionales, sentencias, pronunciamientos judiciales y administrativos, no es otro que influir en la conducta de los individuos, redirigir su comportamiento en el marco de ciertas situaciones y transformar la realidad a través del control jurídico y la comunicación social. Pero si observamos con detenimiento tal proceso, por el cual se espera que el pronunciamiento de un “deber ser” sea convertido en una realidad palpable, parecería que hablásemos de algo absurdo o hasta emparentado con la magia. Pero en verdad le digo, amable lector, lectora, que el lenguaje jurídico es en verdad mágico. El simple pronunciamiento del nombre de la niña frente al oficial del registro civil le otorgará una identidad legal permanente a la futura ciudadana; un sí acepto ante la misma autoridad, declarado por nuevos cónyuges dentro de ciertas reglas tal como la edad, cambiará el estado jurídico de los contrayentes, sus obligaciones y derechos recíprocos, así como respecto de su progenie cuando la hubiese; el nombre estampado al pie de un contrato, sujetará forzosamente a las partes a lo obligado. Pero aún más, la simple etiquetación legal de ciertas conductas, como nocivas e ilícitas, o permisibles, o hasta dignas de alabar, establecerá a los ojos de los sujetos un prisma a través del cual juzgarlas y tomar una decisión respecto de su posible comisión.

 

Se establece así por la palabra, hablada o escrita, la configuración de espacios de la realidad. Pero no sólo este tipo de lenguaje, el jurídico, se erige en la categoría de mágico, sino que también el lenguaje común, y con mayor razón el expresado por nuestros líderes políticos, plasman cotidianamente la realidad. Al respecto Héctor Islas (2010) en su ensayo “Lenguaje y discriminación”, señala que “Una tesis más radical sostiene que las palabras, allende su característica de herramientas clasificatorias y más allá de sus consecuencias políticas y morales, importan porque el lenguaje influye en nuestra percepción de la realidad, condiciona nuestro pensamiento y determina nuestra visión del mundo”, y remata el autor, “Aquí la perspectiva se invierte: las palabras importan no tanto por lo que hacen sino por lo que nos hacen”. Razones que nos llevan a considerar a las palabras, pronunciadas presumiblemente sin malicia o hasta con inocencia, como instrumentos peligrosos dignos de mayor consideración a la usual.

 

En el caso del polémico alcalde del municipio de Badiraguato, Mario Alfonso Valenzuela López, al otorgarle la categoría de “víctima” al sujeto que golpeó y humilló a su esposa en la plazuela central de la ciudad de Navolato, más allá de la irresponsabilidad de juguetear con un tema al que debió haber abordado con la seriedad a que se encuentra obligado por su cargo de presidente municipal, se encuentra en los hechos y ante la opinión pública, validando una conducta violenta hacia las mujeres por celotipia en el marco de una cultura ya de por sí machista. La responsabilidad pública, de la “malinterpretación” de sus palabras, según lo argumenta el alcalde en inútil autodefensa, pertenece únicamente a él quien se atrevió a pronunciarlas. Pero a su vez Mario pudiese ser responsable de la configuración de una nueva realidad, la de una intensa respuesta organizada e institucional, de los organismos defensores de los Derechos Humanos de las mujeres y de una empoderada clase política femenina. Y quien no lo crea, pos al tiempo.

 

Mala leche

Luego de las críticas realizadas por el dirigente de Acción Nacional en Sinaloa a la Auditoría Superior del Estado por la presentación de denuncias en contra de decenas de ex funcionarios municipales que se auto-liquidaron en conjunto más de 3 millones 200 mil pesos, ¡Habrase visto! La legendaria frase del “Maquío” Clouthier, inscrita en las oficinas estatales de dicho partido, podría ser cambiada por otra más de acuerdo a la ideología neo-panista  de Edgardo Burgos Marentes; qué tal “Que se haga la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre”. Resulta preocupante que el líder de la segunda fuerza política en Sinaloa promueva de tal manera la cultura de la ilegalidad, por encontrarse entre los denunciados, miembros de su propio partido. Ahora sí que mejor que no nos ayude Edgardito.

 

La del estribo

Fuerte en su discurso, la diputada Yudit del Rincón Castro exigió en el evento “Un billón de pie contra la violencia” celebrado en la ciudad de Navolato, buscar “los cómo sí y no los cómo no” para que el agresor de Ana Cecilia pague con cárcel por los actos de barbarie cometidos. A su vez, calificó como una vergüenza el que el municipio cañero saltara a la fama internacional no por sus bellas costas o su producción agrícola, sino por el hecho de que una mujer fuera golpeada y humillada en público sin que hubiera quien entorpeciera al agresor. En la misma plazuela donde tales hechos sucedieran hace apenas unas semanas, la diputada señaló la importancia de que representantes de los partidos políticos, gobiernos municipales y de la sociedad civil, se coordinen con el Instituto Sinaloense de las Mujeres, autoridad estatal rectora en la lucha contra la violencia de género.

 

Twitter:  @jramonguzman

COMENTA LA NOTA