¡Hola!, ¿Cómo estás?, ¡Mucho gusto!, son frases que forman parte del intercambio de miradas, gestos, sonrisas que por instantes dos personas enviamos y recibimos en un flujo de información que va más allá de lo audible o palpable, y que a primera vista podría parecer trivial, pero que establece la calidad y el tono de cualquier encuentro.

 

Un segundo es suficiente para transmitir 10 mil unidades de información: me caes bien, no tanto, me da gusto verte, no tanto, te admiro, no te admiro y demás. Lo anterior lo hacemos y percibimos de manera consciente e inconsciente. El caso es que todos sentimos la intención, la energía y casi escuchamos lo que la otra persona piensa. Esta información la reprimimos o la ignoramos, pero la huella queda.

 

Dentro de este marco notamos que hay tres tipos de saludo: el mecánico, el del ego y el del espíritu.

 

Existen algunas tradiciones de culturas milenarias que hoy podríamos calificar como primitivas; sin embargo, si conociéramos su profundo significado, nos daríamos cuenta de que los primitivos somos nosotros. Un ejemplo de ello lo encuentro en el poder de invocación del saludo zulú, practicado por algunas tribus en Sudáfrica.

 

Cuando los zulú se saludan, se ven directo a los ojos mientras uno dice sikhona, palabra que se traduce como: “Estoy aquí para ser visto”, a lo cual el otro responde zawubona, que significa: “Te vemos”. La respuesta es en plural, porque implica que eres visible tanto para mis ojos y mi espíritu, como para mis antepasados y los dioses conectados a otra dimensión de la realidad.

 

Además, zawubona reafirma que, al encontrarnos tú y yo en este mismo tiempo y espacio, el momento tiene que ser relevante; por lo que estamos obligados a investigar nuestro mutuo potencial. ¿Te imaginas saludarte así con la familia, los amigos, los clientes y los compañeros de trabajo?.

 

Este tipo de saludo es un verdadero regalo. Es el presente de estar presente. ¿Cómo agradeces cuando alguien te saluda así?, de inmediato tu ser interno siente la honestidad, la conexión, la apertura y la presencia verdadera de la otra persona. Es así que surge la correspondencia, el aprecio, el agradecimiento, el cariño.

 

En India y otros países de medio oriente, el saludo es un arte sagrado. Cuando una persona se encuentra con otra, materialmente se detiene, sonríe, junta las manos a la altura del pecho, la mira profundamente a los ojos y hace una pequeña inclinación al decir namaste. Que en su versión mas breve significa: “Honro la luz divina que reside en ti”

 

Cualquiera que sea la energía que envíes al saludar a alguien—positiva o negativa— es producto de una decisión  previa que haces en fracciones de segundo, reflejo de una intención. En ese preciso momento es cuando tienes la oportunidad de escoger.

 

¿Por qué escoger? Porque la ley de causa y efecto es permanente; recibimos lo que damos. ¿Recuerdas esa antigua regla de oro?: trata a los demás como te gustaría que te trataran. Sabemos que la vida es como una misteriosa caja negra, todo lo que lanzas, de alguna manera, tarde o temprano regresa.

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