“Cuando manejes tienes que tener en cuenta que uno de los riesgos de chocar radica en que tienes un punto ciego donde las cosas salen de tu campo de visión”.

 

Asimismo, las personas tenemos características que otros detectan y que para nosotros son un punto ciego. Y lo son porque de manera inconsciente, nosotros mismos las enviamos al sótano para no verlas. Al no resolverlas se vuelven obstáculos para nuestra felicidad.

 

A continuación comparto contigo algo realmente interesante:

 

Los nueve puntos ciegos más comunes

 

Autocrítica. Sólo fijarme en mis defectos y en los de los demás. Me exijo y me esfuerzo tanto que cuando no cumplo con mis expectativas, me deprimo. “Las cosas tienen que salir perfectas”, escucho una voz que siempre me lo reclama. Si en un momento estoy muy divertido, siento culpa o ansiedad.

 

Autoabandono. Suelo estar pendiente de todo el mundo menos de mí. Me enoja que los demás no ayuden como yo lo hago. Me cuesta trabajo decir “no” a todo lo que se me pide. La opinión de los demás me importa mucho. Si opinan bien de mí, me siento seguro, pero si me critican o no reconocen lo que hago por ellos, me deprimo.

 

Autoengaño. Para conseguir la aprobación de los demás soy muy exigente conmigo mismo y trabajo hasta el cansancio. Puedo ignorar los avisos de cansancio que mi cuerpo me envía, así como a mi familia. No se descansar, si lo hago, me siento incomodo y hasta culpable. Me puedo adaptar a todo con tal de ganar.

 

Autosabotaje. Soy muy sensible y suelo centrarme en mi persona, mis problemas y sentimientos. Tengo la tendencia a compararme con los demás y ver lo que los otros tienen y de lo que yo carezco. Siento que algo me falta en la vida y no sé que es, lo que me hace sentir un vacio. Suelo tomarme todo demasiado en serio.

 

Autoseparación. Con frecuencia me refugio en mis pensamientos; prefiero aislarme en mi cueva y desde ahí observar la vida y no participar en ella. Suelo desconectarme de lo que siento y puedo convertirme en una persona fría, ausente de los demás y distante. Cualquier interés hacia mi persona lo tomo como una invasión.

 

Autodesconfianza. Dudo del mundo, de mí mismo, de la gente y de sus intenciones. Suelo estar a la defensiva. Con facilidad pienso en lo mal que puede salir todo, en lugar de enfocarme en las ventajas. Me quejo de todo y puedo hacer críticas muy severas. Ante algo que yo considero una amenaza, puedo reaccionar muy agresivamente.

 

Autoevasión. Entre más estresado estoy, mas busco la diversión y la superficialidad. Me distraigo en cualquier cosa y quiero probar todo. Me involucro en mil cosas y prometo más de lo que puedo cumplir. Tengo tantos proyectos en la cabeza que se me olvida lo importante y lo que en realidad tengo que hacer.

 

Autocontrol. Intimido a las personas y construyo gruesas paredes a mí alrededor; eso me da seguridad. Me gusta sentir que estoy en control de las cosas y de las personas; evito mostrarme vulnerable. Cuando estoy bajo presión me vuelvo suspicaz, actúo por impulso y puedo ser agresivo y violento.

 

Autodevaluación. Cuando no estoy bien me ausento de mí mismo. Sólo me descalifico y me digo que no merezco o no puedo hacer tal cosa. Me hago invisible ante los demás. Evito el conflicto y el cambio a toda costa. Me vuelvo indiferente ante los problemas. Hago las cosas a medias y pierdo mucho el tiempo.

 

Sólo al traer a la conciencia aquellos mecanismos de defensa que hemos creado de manera inconsciente y quizá porque nos disgustan al ser de nosotros mismos no los queremos ver,  es que desparecen los puntos ciegos y se vuelven motivo de crecimiento. Lo que habría de recordar una y otra vez es la implacable frase: Tú creas tu propia realidad.

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