Los seres humanos solemos refugiarnos en “algo” que en principio nos da seguridad, pero que termina por enterrar nuestra naturaleza: ser felices.

 

Esto sucede cuando perdemos el contacto con nuestra propia esencia –la que nos hace sabernos y sentirnos amados y valiosos—y dejamos de ver nuestra grandeza. Como resultado, llega un sentimiento que padecemos mucho: el de la no aceptación. Y con la no aceptación surgen muchos temores, por lo que construimos refugios con pensamientos negativos, mascaras, justificaciones, comparaciones, adicciones y demás.

 

Todo sería más sencillo si en verdad llegáramos a comprender y a diferenciar que estamos hechos de dos partes: de un ser y de un humano. La primera es la porción de divinidad que todos tenemos dentro y esta llena de amor y sabiduría; el ser no juzga, no etiqueta, no critica y no necesita ser mejorado porque es perfecto. Sentirte pleno es sólo una cuestión de conectarte con él, en cambio, la parte humana—construida por el ego y las imperfecciones—hace surgir pensamientos negativos y el autoabotaje en cualquiera de sus formas.

 

Si bien la variedad de protecciones, defensas o mascaras a las que podemos recurrir cuando nos desconectamos de nuestro ser son muchas, los psicólogos detectan que son cuatro las más comunes:

 

Pienso que todo el mundo está contra mí

 

Cuando no te aceptas todo se vuelve mas difícil de lo que en realidad es. Tu mente trata de convencerte de que todo mundo te mete el pie para que no avances, que todo mundo no te quiere, te critica, conspira en tu contra, no te acepta y demás torturas. Tienes una sensación constante y desgastante de “yo contra el mundo”. Sin embargo, lo irónico es que el universo no es adverso, solo es tu percepción.

 

Muchos hemos buscado diversos caminos de crecimiento personal que funcionan solo cuando te aceptas a ti mismo; de otra manera el camino de ese desarrollo simplemente está destinado al fracaso. Es como ponerle betún a un trozo de pan duro y desear que salga un postre delicioso. Como se dice en Un Curso de Milagros: “Aquello que falta en cualquier situación es lo que tú no has dado”, y en este caso es el amor a ti mismo.

 

Me comparo con los demás

 

Cuando no te aceptas a ti mismo tu ego empieza a compararse con cuanta situación  persona conoces. Sólo tenemos que ser conscientes de que el ego es berrinchudo como un niño de tres años, y te exige que le des todo a pesar de que sus necesidades reales son mucho menores. Por lo tanto, siempre encontrará manera de señalarte cosas como que no eres tan guapo, ni tan exitosa, ni tan querido, ni tan talentosa, ni con tanta suerte como fulano o mengana.

 

Quienes investigan el tema de la felicidad afirman que hay una relación muy estrecha entre la autoaceptacion y la felicidad. Sólo cuando una persona es capaz de verse al espejo y decir: “me gusta lo que veo”, y lo dice desde el fondo de su corazón, y en el amplio sentido de la palabra, podrá disfrutar de su trabajo, de su relación de pareja, de sus amigos y de todas las cosas buenas de la vida.

 

Siento que todos me rechazan

 

Cuando no te aceptas, tu ego se encarga de interpretar como rechazo los gestos de las otras personas, estén o no estén dirigidos a ti: si la persona no habló por teléfono, si no respondió pronto el mail, si notaste que estaba seria en un momento dado, si estaba cansada, no te sonrió o lo que sea. En realidad nadie te rechaza, pero lo percibes así por la única razón de que eres tu quien se rechaza. Y no sólo eso, sin darte cuenta también rechazas recibir amor, ser feliz o cualquier cosa buena.

 

Siento que no soy suficiente o “algo” no es suficiente, tu valía personal se tambalea cada vez que por tu mente pasa cualquiera de estos dos pensamientos:

 

a) “No soy suficiente”, de inmediato tu ego se encarga de convencerte de que no eres suficientemente (puede llenar el espacio con lo que quieras: delgado, bonita, inteligente, creativo, talentosa, popular, admirada y demás).

 

b) “No es suficiente” – dinero, cariño, descanso, cosas y demás. Date cuenta de que la tarea de estas frases es solo sabotear tu seguridad, provocar constantes críticas y juicios internos, que, a su vez, suelen cegar tu visión o encontrar salida temporal en algún placer material.

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