La raíz del núcleo afectivo es el enamoramiento. Ya hemos visto en páginas atrás la evolución del concepto de amor desde los trovadores, hasta el romanticismo. Se mantiene un núcleo de fondo, aunque con variaciones sobre el papel de la mujer. No olvidemos el caso de Juafre Rudel, el poeta nostálgico que centraba todo en el amor lejano. Sin embargo, obviaba una de las principales dificultades que a la larga presenta el amor: la convivencia diaria, la verdadera asignatura pendiente que todos debemos aprobar si queremos pasar el examen del día a día de las relaciones conyugales.

 

Enamorarse es uno de esos momentos inolvidables que van a vertebrar la existencia, pues de las decisiones que entonces se tomen se derivarán unos hechos decisivos que nos marcarán para bien o para mal.

 

Enamorarse es encontrarse a sí mismo fuera de sí mismo.

 

Es decirle a alguien “¿quieres compartir la vida conmigo para siempre?”. En los tiempos actuales, al estar falsificada la palabra amor, la expresión para siempre connota algo excesivo. Enamorarse es querer a alguien en exclusividad y pensar con ella y en ella para compartir el futuro.

 

Hay muchos estados que se parecen al enamoramiento, pero no son tales. Una gran mayoría de amores tienen en realidad poco de amor. Hay en ellos pasión, deseo, interés, empeño al haber recibido desprecio. Y no digamos nada en cuanto al conocimiento de la otra persona.

 

Alguien puede quedarse deslumbrado ante ciertos aspectos parciales: la belleza, la elegancia, la naturalidad, la sencillez, el dinero, los valores espirituales, la inteligencia, la capacidad de comprensión… o un conjunto de ellos, de tal forma que le da a esa persona un valor por encima de las demás.

 

Esas cualidades ponen en marcha el proceso del enamoramiento, lo que se ve, lo que se insinúa, incluso lo que se escucha o imagina. Los primeros amores son inolvidables por la huella que dejan; parecen un río caudaloso que nos arrasa con su corriente y al que es difícil resistirse, sobre todo si sucede en edades tempranas, cuando la persona todavía no conoce el mecanismo de los sentimientos.

 

Al preferir a una persona hacemos una selección en la que influyen diversos factores; pero en el hombre, más que en la mujer, la belleza actúa como reclamo, predispone a lo mejor, sobre todo en algunos que necesitan las alabanzas constantes de la mujer. Una cierta admiración colectiva le da alas a ese amor. La belleza actúa entonces como catalizador y a la vez abre las puertas de la ilusión. Y la felicidad, como se sabe, consiste en primer lugar en tener ilusión, que no es más que la capacidad para mirar hacia el futuro con esperanza y alegría.

 

Amar a una persona es creer en ella, fiarse de su condición y brindarle lo mejor que uno pueda darle. ¿Qué es lo menor? Pues hacerla libre y aproximarla a la verdad. Esto hay que llevarlo a la práctica, no dejarlo sólo en el plano intelectual. La libertad tiene un objeto: el bien. Y por otra parte, la verdad conduce a estar en la realidad, saber a qué atenerse y reconocer las propias aptitudes y limitaciones.

 

Lo positivo y esencial es que el enamoramiento sea verdadero, que traiga el amor y que llegue para quedarse. Cuando la vida levanta su oleaje atraída por el mejor sentimiento, el amor se convierte en la fuerza de las fuerzas. Desde los reyes a los plebeyos, desde los intelectuales a la gente de condición sencilla, lo que el hombre necesita es amor verdadero.

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