Si observas tu cuerpo descubrirás billones de seres vivos que dependen de ti. Cada célula es un ser vivo que depende de ti, y eres responsable de todos, ya que para ellos, tus células, tú eres Dios. Les proporcionas lo que necesitan, puedes amarlos o bien ser mezquino con ellas.

 

Las células de tu cuerpo te son totalmente leales, trabajan para mantener tu armonía. Hasta se puede decir que rezan por ti. Tú eres su Dios. Esa es la verdad absoluta. Y ahora que sabes esto, ¿qué vas a hacer?

 

La relación entre tu cuerpo y tú, entre tú y todas esas células vivas que dependen de ti, puede convertirse en la relación más bella. Tu cuerpo y todas esas células vivas son perfectos en su mitad de la relación. La otra mitad es tu mente. Tu cuerpo se ocupa de su mitad de la relación, pero la mente es la que abusa del cuerpo y lo trata con tanta mezquindad.

 

Eres lo que crees que eres. No hay nada que hacer salvo ser lo que eres. Tienes derecho a sentirte bello y a disfrutar de ese sentimiento. Es posible honrar tu cuerpo y aceptarlo tal como es. No necesitas que te quiera alguien para hacerlo. El amor proviene de nuestro interior. Vive en nuestro interior y siempre está ahí, pero con ese muro de niebla, no lo sentimos. Solo percibes la belleza que reside fuera de ti cuando sientes la belleza que reside en tu interior.

 

Cuando te impones el objetivo de crear una relación perfecta entre tu cuerpo y tú, aprendes a tener una relación perfecta con cualquier persona, incluso con tu madre, tus amigos, tu amante, tus hijos o tu perro. Y desde el momento que estableces una relación perfecta entre tu cuerpo y tú, la mitad de cualquier relación exterior a ti está completamente satisfecha. El éxito de tu relación ya no, depende del exterior.

 

Si miras con los ojos del amor, dondequiera que vayas solo veras amor. Cuando percibes con amor te conviertes en uno con los pájaros, con la naturaleza, con una persona, con todo.

 

Cuando satisfacemos las necesidades de nuestra mente y de nuestro cuerpo, los ojos ven con amor. Vemos a Dios en todas partes. Incluso vemos a Dios detrás del parásito de otras personas. En el interior de cada ser humano se encuentra la Tierra Prometida que Moisés ofreció a su pueblo, esta tierra prometida se halla en el seno de la mente humana, pero solo en la mente que es fértil para el amor, porque es ahí donde reside Dios. Si observas la mente humana corriente, verás que también es una tierra fértil, pero para el parásito que hace crecer las semillas de la envidia, del enfado, de los celos y del miedo.

 

Es posible tener una relación que satisfaga tu sueño del cielo, es posible crear un paraíso, pero tiene que empezar por ti mismo. Empieza por aceptar totalmente tu cuerpo. Persigue afanosamente al parásito y consigue su rendición.

 

Cuando lo hagas, la mente amará al cuerpo y dejará de sabotear al amor. No depende de nadie más que de ti. Pero, en primer lugar, debes aprender a sanar tu cuerpo emocional.

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