Las crisis surgen cuando la naturaleza intenta llevar a cabo cambios mediante las leyes cósmicas del universo. Si el ego -esa parte de la conciencia que dirige la voluntad- obstruye el camino, las crisis ocurrirán para hacer posible una transformación estructural.

 

Sin esta modificación estructural en la persona no se puede alcanzar un equilibrio. En última instancia, todas las crisis significan un reajuste, ya sea que aparezcan en forma de dolor, problemas, desorden, indecisión, o simplemente como la inseguridad que bien al comenzar formas de vida no acostumbradas, después de renunciar a la ya conocida. Las crisis en cualquier forma que se presenten, rompen con las antiguas estructuras basadas en conclusiones falsas y, por tanto, en la negatividad. Las sacudidas que nos dan las crisis aflojan los hábitos congelados y arraigados, para dar lugar a otros nuevos. Este estira y afloja es doloroso momentáneamente, pero la transformación sin ello es impensable.

 

Entre más dolorosa sea una crisis, la parte de la conciencia dirigida por la voluntad tratará de obstruir el camino. La crisis es necesaria, ya que la negatividad humana es una masa estancada que debe moverse. El cambio es una característica integral de la vida, donde hay vida hay una transformación constante. Solo aquellos que viven en el miedo y la negatividad, quienes rechazan el cambio, lo perciben como algo a lo que se le debe resistir, se oponen a la vida misma y por ello, el sufrimiento los ve más cercano. Esto ocurre en el desarrollo general de las personas, así como en momentos determinados.

 

Los seres humanos pueden ser libres y sanos en aquellas áreas donde no se resisten al cambio. Ahí se encuentran en armonía con el movimiento universal, crecen de manera constante y experimentan la vida como profundamente grata. Pero estos mismos individuos reaccionan diferentes en áreas donde tienen bloqueos, se aferran con temor a condiciones inamovibles dentro y fuera de ellos mismos. En donde no oponen resistencia, sus vidas estarán relativamente libres de las crisis, pero estas son inevitables en las áreas donde se rechaza la transformación.

 

La función del crecimiento humano es liberar los potenciales inherentes a la persona y que son en verdad infinitos. Sin embargo, cuando las actitudes negativas se estancan, es imposible hacer realidad estos potenciales. Solo las crisis pueden derrumbar una estructura construida sobre premisas que contradicen a las leyes de la verdad, del amor y del placer. Ellas remueven la postura congelada, que siempre es negativa.

 

En el camino hacia la realización emocional y espiritual necesitamos trabajar intensamente para liberarnos de actitudes negativas. ¿Y cuáles son estas actitudes negativas? Son los conceptos erróneos, las emociones destructivas, y las actitudes y patrones de conducta que proceden de ellos, las excusas y las defensas. Ninguno de ellos presentaría, en sí, una dificultad mayor si no fuera por la fuerza auto perpetuante que los mezcla en un impulso que se va potenciando dentro de la psique humana.

 

El principio de la auto perpetuación negativa es más obvio en el caso de la frustración y enojo. Muchas personas pueden ver de manera relativamente fácil que la frustración misma es menos difícil de combatir que la frustración de sentirse frustrados. Lo mismo ocurre con su enojo contra nosotros mismos por estar enojados. O la impaciencia por estar impacientes, deseando poder reaccionar de manera diferente y no siendo capaces de hacerlo, porque no exponen ni afrontan las causas fundamentales. De esta manera, las crisis de emociones como el enojo, la frustración, la impaciencia y la depresión no son reconocidas por lo que son, haciendo más y más fuerte la auto perpetuación negativa, hasta que la situación explota y entonces surge una crisis evidente.

 

Las crisis se pueden evitar observando la verdad interna, desde que se manifiesta en la superficie el primer síntoma de disturbios y de negatividad. Se necesita mucha honestidad para cuestionar nuestras convicciones más queridas. Esa actitud rompe la auto perpetuación negativa, la fuerza motora que potencia el material psíquico destructivo y equivocado hasta que encuentra un punto de salida. Esto evita muchos de los círculos viciosos dolorosos y problemáticos dentro de las relaciones y en la psique humana.

 

Cuando el proceso de la crisis se acepta y se le deja de obstruir, cuando uno se deja fluir son el en lugar de luchar contra él, el alivio llegará rápidamente. Una vez que salga lo podrido y se ajusten las actitudes, la auto revelación conducirá a la paz, la comprensión de lo sucedido traerá nueva energía y vitalidad. El proceso de curación estará funcionando aun en el momento de una erupción.

 

La negación de este proceso prolonga la agonía, aunada a una actitud interna que dice: “yo no debería pasar por esto. ¿Tengo que hacerlo? Esto, eso y aquello no tiene que ver conmigo sino con los demás. Si no fuera de esta manera, no me estaría pasando esto ahora”. Esta actitud busca impedir la erupción necesaria, la cual consiste en un embrollo doloroso de energía negativa que aumenta continuamente y, cuya inercia dificulta alterar el curso de la situación. La incapacidad de la conciencia para detener el ciclo de negatividad y su repetición inútil y automática genera desesperanza, misma que solo podría superarse al dejar de evitar el cambio necesario.

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