Todos anhelamos ser felices. Sin embargo, mientras nos juzguemos como “no merecedores” nunca seremos capaces de aceptar libremente la felicidad.

 

De acuerdo a los estudios realizados por los investigadores de Stoney Brook University y Princeton University, publicados en The Economist el 18 de diciembre de 2010, los niveles de felicidad que tenemos a lo largo de la vida y que curiosamente se repiten en 72 países tanto desarrollados como en los que se encuentran en vías de desarrollo, muestran una gráfica en forma de “U”, la cual se encuentra abajo.

 

 

Es decir, al inicio de la vida adulta, etapa en la que nos sentimos felices, buscamos pareja, cursamos una carrera y demás, nos encontramos en el punto más alto de felicidad, en el número 7 en una escala del uno al diez. Alrededor de los 26 años comienza el declive que toca fondo alrededor de los 46 años, con el nivel de felicidad más bajo de 6.3 que solemos conocer como la “crisis de la mitad de la vida”.

 

Aquí la preocupación, la tristeza y el estrés suelen incrementarse. Al acercarse los 50 años de edad, la gráfica de la felicidad vuelve a viajar en línea ascendente hasta el otro punto más alto que forma la “U”, condición que continúa hasta cumplir los 80 años.

 

Los cuatro factores de la felicidad

 

Quienes realizan las estadísticas con fines económicos escarban entre cúmulos de información, como mineros en busca de oro, para responder la pregunta: ¿Qué determina el nivel de felicidad?

 

Lo que concluyen es que cuatro grandes factores afectan la respuesta: género, personalidad, circunstancias externas y la edad.

 

Las mujeres, por ejemplo, en general somos más felices que los hombres, aunque también más susceptibles a sufrir una depresión.

 

En lo que a la personalidad se refiere, suele haber dos extremos: en uno se encuentran las emociones negativas, que habitan en las personas neuróticas con mayor tendencia a sentir culpa, ansiedad e ira y, en consecuencia, a ser menos felices. Mientras que, en el extremo opuesto, las personas extrovertidas que gustan de estar con gente, divertirse y reír con facilidad, son más felices. Lo irónico es que si tu disponibilidad para dar felicidad es limitada, tu disponibilidad para recibirla también lo será.

 

En cuanto a las circunstancias extremas encontraron que factores como las relaciones interpersonales, la educación, el ingreso económico y la salud colaboran a perfilar el nivel individual de felicidad. El ser casado, por ejemplo, les da a las personas un considerable ascenso en la escala, mientras que el carecer de empleo arroja un notable descenso.

 

Las personas con niños en la casa de momento se sienten menos felices que quienes no los tienen. La gente con más estudios es más feliz, les facilita tener mejores ingresos, pero el afecto desaparece cuando el dinero se restringe.

 

Por último, se encuentra la edad. Si le preguntas a un grupo de personas de 30 años, y a otro de 70 qué tan felices son, como lo hicieron los científicos de Stanford School of Public Policy y la Duke University, según el estudio publicado en The Economist, la respuesta es que el grupo de 30 años de edad se percibe feliz, mas no tanto del grupo de los que tenían setenta.

 

Claro, con la edad te das cuenta de que, quieras o no, por más que luches contra el tiempo, la noche llega inevitablemente y con ella sus lecciones. Hay que tener la madurez para apreciar que si bien el físico se deteriora poco a poco, el espíritu no; este incluso se expande, y con él lo hace la capacidad de amar. De disfrutar y de sentirse en paz.

COMENTA LA NOTA