La clase política local tiene tanto apego a nuestras tradiciones, que ha decidido perpetuar el estereotipo de todo lo que debe ser un sinaloense. Por desgracia, nadie les aclaró que entre todas las nimiedades de sus cargos, existe uno en particular que les confiere el Estado: deben, en todo lugar y todo momento, ser representantes de la soberanía popular, no imitadores de la subcultura popular.

 

Verdaderamente es una desgracia escuchar hablar a nuestros políticos. Entre tantos “compadres”, “haigas”, “etzelente”, “pa´ lante” mencionados en sus discursos, las ideas se pierden. Escuchamos regionalismos ramplones, sin sentido, llenos de ruido y poca claridad. Si hablas mal piensas peor, es una verdad de más de 2500 años, y los padres de la democracia así lo hacían saber a sus estudiantes -Sócrates, Platón y Aristóteles se encargaban de disciplinar a los discípulos que no dominaran el arte de comunicar con claridad las ideas a través de la palabra-. Bajo el pretexto que entienden a “la raza” nuestros políticos no se preocupan en mejorar su preparación, huyen de profesionalizar su actividad y se esconden en el manto de la empatía con las clases populares.

 

La preparación no está divorciada de la sensibilidad. Francisco Labastida Ochoa, el exgobernador, es un claro ejemplo de un político que entendió lo que debe ser un gobernante con empatía social sin tener que renunciar a su preparación o modificar sus discursos para quedar bien con el pueblo de manera artificial. Sinaloa recuerda con nostalgia su muy exitoso festival cultural, era una verdadera delicia los programas cívicos que se desarrollaban en torno a este evento; año con año las actividades del festival eran reconocidas nacional e internacionalmente. Otro exgobernador, Juan S. Millán, más allá de los calificativos que se puedan tener a su periodo de gobierno, utilizaba la oratoria como sello muy personal a la hora de ejercer el Poder; aún no habiendo tenido una preparación muy profunda en las aulas, se ocupó en ser un gobernante culto que disfrutaba mucho educarse a sí mismo.

 

Vivir la política entre vacas, yuntas y correas es respetable y aceptable, no tiene nada de malo comprender a las personas del campo y las duras faenas que tienen que afrontar para conseguir el sustento para sus familias, pero es inaceptable que un político profesional, que representa a todos los ciudadanos, no tenga la habilidad para comprender en qué lugar está parado y modificar sus formas. Es una falta de respeto para la ciudadanía no comunicar sus ideas con claridad. Algunos llegan al extremo de querer explicar cualquier estrategia de gobierno con anécdotas de mulas entre maizales. Las palabras son importantes, deben ser cuidadas, detrás de ellas existe un proceso de mental que desnuda a su emisor.

 

El gobernante tiene la obligación de prepararse, dejar de ser el político de rancho y convertirse en representante de los ciudadanos. El siglo XXI demanda ciudadanos completos, más todavía, políticos completos. Si nuestros representantes se expresan como “Cholos” seguramente su mentalidad es de cholos pendencieros, si nuestros gobernantes se sienten arrieros seguramente nos ven como vacas, si nuestros representantes se sienten nuestros “compas” seguramente nos faltarán al respeto y si nuestros representantes hablan como narcotraficantes seguramente se entenderán muy bien con ellos.

 

Un político debe utilizar la retórica, la oratoria y la dialéctica como herramientas principales en su andar, son las armas de su profesión y los medios para ejercer sus actividades. De otra forma todo se pierde entre sonoras palmadas en la espalada, abrazos coreografiados, regionalismos huecos y dádivas de miseria que lastiman al ciudadano.

 

EL MEMENTO DE HOY

 

Twitter: @juanordorica

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