Café de media noche. Mesas vacías abandonadas por el último comensal algunas vueltas del reloj atrás. Un par de espectros ocupan un sillón en la esquina bajo la única luz que sobrevive a la jornada. Los nombres de los trasnochados se pueden leer en sus vasos de café posmoderno y pretensioso. Jebus el artista y Romer el deportista, amigos de toda la vida, sufren en silencio el dolor de su perder sus activos en una mala inversión realizada en los días pasados recientes.

 

Todo comenzó meses atrás. Jebus Valadés el artista del momento, dueño de los escenarios, galán de telenovela y sonrisa perfecta. Nadie dudaba de su carrera en ascenso; sus fans crecían como la espuma, su carisma parecía encaminarlo a escenarios de mayor tamaño e importancia; su presencia deslumbraba a las féminas hormonadas. Las presentaciones en público cada vez eran más recurrentes y la popularidad llenaba sus arcas de dinero y seguidores. Por otro lado, Romer Montáñez el deportista, lucía en los diamantes. Beisbolista de imponente figura regaba batazos por todo el campo ilusionando a la fanaticada. La venta de jerseys y firmas de souvenirs con su figura era una rutina que gustoso aceptaba. Los contratos, bonos y fama llenaban sus haberes. La cima del éxito parecía a un estirón y pronto sería llamado a jugar en ligas de mayor peso o equipos de otro nivel.

 

A Jebus y Romer los unía algo más que la amistad eterna, ambos tenían como representante a la misma agencia. Mucho del éxito de esta dupla se debía a las buenas -o malas- artes de la compañía que velaba por sus intereses. Los contratos, presentaciones, oportunidades y proyección eran producto de la maquinaria a la cual servían; por eso, al llegar una llamada telefónica de un alto ejecutivo de la agencia solicitando el apoyo de ambos para una tarea, estos no pudieron negarse. El ejecutivo solicitaba que parte de las ganancias y la fama que Jebus Y Romer habían conseguido a través de los contratos impulsados por la compañía, fueran invertidas posicionando una pequeña empresa propiedad de un inexperto hijo de otro ejecutivo del conglomerado.

 

Tras unas cuantas tímidas reclamaciones y objeciones la obligada dupla tuvo que ceder ante la petición de los jerarcas. Su imagen y capital quedaron intrínsecamente vinculados a esta inversión. Al principio todo parecía que marchaba bien, el hijo inexperto del ejecutivo se veía con todos los atributos en el papel: formal, tradicional, profesional, ordenado y disciplinado. Las cosas fueron cambiando, la llegada de nuevos jugadores al mercado cambiaron las ecuaciones; el hijo inexperto del ejecutivo no supo reaccionar, entró en negación del problema y no supo afrontar las arremetidas de la competencia. Jebus y Romer siguieron invirtiendo en la empresa, ellos tampoco atinaban a contradecir al hijo inexperto del ejecutivo -después de todo se debían a la agencia, no podían ir en contra de los designios de los creadores de su carrera-. La tempestad terminó; el desastre estaba consumado. El hijo inexperto del ejecutivo culpa amargamente a la dupla de amigos por su desastre, aduce que no tuvo la inversión suficiente o la promoción prometida por el par de estrellas para enfrentar a los rivales.

 

Los espectros del café yacen sobre el sillón. Su peso corporal parece haber aumentado al triple en las últimas horas, no articulan palabra alguna. Se ven a los ojos. Ambos saben lo que viene… sus carreras se frenan y diluyen; el fracaso ajeno convirtió su futuro en un fantasma borroso de lo que puede o no ser, su capital e imagen quedaron marcadas por el fracaso y tendrán que regresar a trabajar cada uno por su lado; tal vez en teatros más pequeños o ligas llaneras.

 

Jebus y Romer esperan entre sombras la decisión de la compañía, por lo pronto tendrán que afrontar en solitario a los acreedores que ya hacen fila para cobrar facturas de la mala inversión.

 

EL MEMENTO DE HOY

 

Twitter: @juanordorica

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