Las modas van y vienen. Se pone de moda la ropa, calzado, películas, música y hasta las ideas, pero lo que nunca pasa del gusto de las personas es su tendencia a reprimir la vida de los demás y conseguir lo que a sus intereses convenga. Durante muchas décadas los gobiernos de este país eran famosos por sus represiones a toletazos, tehuacanazos, coscorrones, ley fuga, etc.  -hay que reconocer que tenían creatividad los sátrapas-, pero llegó algo que se llama democracia; el gobierno perdió su toque mágico gorilezco para convertirse en una mala copia de sí mismo, en lo que aplicación de fuerza se refiere. 
 
Llegó el siglo XXI, y los antes reprimidos decidieron pasar a la ofensiva; todas aquellas agrupaciones que antes padecieron el yugo de los garrotazos, hoy se convirtieron en amos del chantaje y la represión social. Las minorías descubrieron que las mayorías no importan, sobre todo si la minoría es escandalosa, golpeadora y aguerrida. No importa que los más piensen diferente a ellos: antes las amenazas, los muchos se doblan ante los menos. La moda de la represión social, ahora en manos de los civiles, mantiene sumida a la República en una escalada de chantajes e inmovilidad – casi siempre de tráfico- a sus ciudadanos, que no encuentran a quién acudir para hacer valer sus derechos. El gobierno se encuentra postrado, víctima de sus propios errores, sin la capacidad de poder aplicar la ley, y la sociedad civil en general es demasiado indiferente para poner un alto a estos excesos; por eso estamos en el peor de los mundos: en manos de minorías con intereses muy particulares y con gobiernos asustados y arrinconados.
 
No está en duda que las “luchas sociales” tienen un argumento válido a la hora de exigir lo que les corresponde; sin embargo, sus movilizaciones ya están irrumpiendo en el ámbito de la prerrogativa más importante que tiene una persona, su derecho a la libertad. Anteriormente las modas en las movilizaciones consistían en entorpecer el tráfico de alguna ciudad, secuestrar edificios gubernamentales, pernoctar en plazas públicas y hasta encuerarse a la vista de todos, pero en este 2015 los siempre creativos e innovadores –también muy comprometidos con su vocación- decidieron lanzar su nuevo éxito al mercado: secuestrar el voto. La represión de la libertad individual, encarnado en la sencilla acción de elegir libremente a sus representantes, viene a imponer de facto la tiranía de los civiles.  Secuestrar el voto como medida de chantaje para obtener respuesta a sus peticiones… es tiranía desde el punto de vista que se le quiera ver, todo aquel liderazgo que llame a impedir la libre elección de un pueblo está invocando los peores fantasmas de seres totalitarios retrógradas. La libertad de elección no es propiedad del gobierno para intentar negociar con ella; no es un activo que pueda arrebatarse a los gobernantes, menos aun, una moneda de cambio para someter la voluntad colectiva a un deseo individual por más legitimo que este sea.
 
Quienes hoy amenazan con impedir la autodeterminación del pueblo están condenándose a sí mismos, se convierten en sus propios verdugos y actúan como aprendices de mago al quedar atrapados bajo su propia maldición. Impedir o entorpecer la elección los hermana a perpetuidad con los mismos gobernantes que son depositarios de su desprecio. Juntos caminarán por el sendero del perpetuo reproche, mas sin la opción de cambiar de interlocutor, pues en sus represiones civiles queda retenida la herramienta para liberarse uno del otro, el voto.  
 
EL MEMENTO DE HOY
 

 

Twitter: @juanordorica

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