Una jauría de lobos paseaba por las estepas desoladas de los bosques de la democracia, olfateaban el viento en busca de presas para cazar, lanzaban aullidos y gruñidos al aire para intimidar a la competencia. A lo lejos, tres pequeñas construcciones sobresalían del resto del terreno. Curiosa, la líder alfa de la manada paró las orejas y aguzó la nariz en señal de alerta; dejando atrás al resto de su compañía, la loba enfiló a las tres edificaciones que se erguían en medio de la nada.

 

Una choza, hecha de adobe a medio derruir, fue el primer obstáculo que encontró a su paso. Después de merodear los alrededores y descubrir que ningún movimiento o inquilino sospechoso tenía lugar dentro de la pequeña edificación, decidió acercarse un poco más. Las ráfagas de viento penetraban el adobe sin ninguna oposición; un viejo letrero olvidado reposaba sobre algunos tabiques, medio enterrado, se podía inferir la palabra DECENCIA escrita sobre él. La loba, con un resoplido cansino, pero sostenido, logró hacer tambalear un par de ladrillos y la casa se desmoronó bajo su propio peso. En el centro de la cabaña yacía postrada, indefensa y descubierta una porción de jamón de pensión, la loba, sin miramientos o arrepentimiento alguno enguñó la pieza de un mordisco y se fue en busca de la segunda vivienda.

 

Unas tablas viejas, desvencijadas, unas sobre otras, húmedas y sin pintura quedaban como testigos de lo que alguna vez fue una casa hecha de madera. En el pórtico, abandonado, con letras a punto de desaparecer y desgastado por el paso del tiempo colgaba una placa con una palabra CONGRUENCIA. La loba al no saber leer y no entender mucho de aquellos extraños símbolos, decidió que la amenaza era nula, se acercó segura de sí misma a la vieja choza, repitió el ritual de envolver las ruinas abandonadas con los eslabones de sus pisadas, encontró un punto perfecto y resoplando en más ocasiones que la vez anterior las tablas cedieron. El derrumbe se completó. Bajo los escombros, un paquete de chuletas ahumadas en plurinominales se mostraba jugoso ante los ojos de la loba, quien, sin dudarlo, se zampó de un bocado aquella delicia. Relamiéndose sus fauces puso sus ojos sobre la tercera y última de las construcciones.

 

El tercer edificio era una cabaña hecha de piedra, aunque antigua, parecía tan sólida como el primer día que fue construida. En lo más alto de su fachada unas letras sólidamente incrustadas en el techo formaban una palabra: LIBERTADES. La loba se acercó con menos reservas que con las dos anteriores casas -el sabor de aquellos manjares aún estaba fresco en sus memorias caninas- exultante de seguridad, correteó por el perímetro de la cabaña, jugueteó con las piedras en la base de la misma y se preparó para resoplar con soltura. Primer Intento… las piedras no se movieron una partícula; segundo intento… la roca ignoró el vaho del can; tercer intento… el aliento se perdió entre la dureza de los guijarros. La loba, consternada, repitió varios intentos en diferentes puntos. Los resultados fueron los mismos. Desesperada, la loba aullaba por todos lados, su manada acudió al llamado; entre bufidos furiosos, resoplidos desesperados y aullidos lastimeros la casa permaneció de pie. Derrotada, la jauría regresó sobre sus pisadas, dejando a su loba alfa detrás contemplando aquella casa, imaginando y salivando por la delicia encerrada en aquellas paredes que se negaron a caer antes sus deseos.

 

EL MEMENTO DE HOY

 

Twitter: @juanordorica

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