Todo ser humano que habite esta tierra, o para fines prácticos, cualquier otra, tiene el derecho inalienable de ejercer su idiotez a plena consciencia. Así como cualquier ciudadano del mundo debería ejercer un pleno derecho sobre sus vicios, sin importar cuán desagradables o destructivos puedan llegar a ser, nadie debería meterse en la elección de su miseria humana favorita. Sin embargo, al igual que los vicios, la idiotez debería confinarse a las paredes de la individualidad, recluirse en el claustro del psique del sujeto y no esparcir los vapores dañinos al resto de sus semejantes.

 

La idiotez ha estado presente desde el principio de los tiempos del hombre mucho antes que llegara el primer destello de brillantez a nuestra especie, ocupa un lugar predominante en nuestra naturaleza – después de todo, debió ser medio idiota el primer humano que decidió acercarse al fuego y jugar con él –, emprendió el camino de la evolución con nosotros; desde entonces no para de crecer en nuestra sociedad. Como todos los sucesos del hombre, la idiotez tiene sus ciclos característicos. A un idiota se le ocurre una idea, la transmite a otro individuo, este a su vez a otro y así sucesivamente, hasta que en un abrir y cerrar de ojos la epidemia de cretinos convierte a la insensatez en la forma de vida estándar de toda una generación. Esto sucedió en innumerables ocasiones a lo largo de la historia, pero todo esto cambiaba cuando algún ser pensante llegaba y ponía orden a las ideas, había alguna resistencia por parte de algunos idiotas, pero finalmente la cordura se restablecía y el ciclo comenzaba de nuevo.

 

Hoy, la mayoría de las cosas no son diferentes. Sigue existiendo una reserva estratégica de idiotas comprometidos a sus causas, pero a diferencia de antaño, la idiotez hoy se propaga con mayor rapidez. La comunicación a la velocidad de la luz vino a ser tierra fértil para las boberías más inimaginables. La civilización está expuesta a muchos idiotas y diferentes tipos de idiotez al mismo tiempo. La desgracia no termina ahí, la idiotez también fue a la universidad. Lo que antes era un oficio sin muchas complicaciones, actualmente vive un proceso de profesionalización importante, las idioteces buscan legitimar su existencia y no hay nada mejor para ello que ser un tópico recurrente en las cátedras universitarias.

 

La capacidad de mutar y adoptar el camuflaje que más le convenga convierte a la idiotez en una superviviente excepcional. En el pasado, el fanatismo religioso era el disfraz favorito que utilizaba; actualmente es el activismo social el ropaje de moda para los idiotas – con su variante posmoderna, el ciberactivismo -. Tenemos señales de que la revolución de los idiotas está entre nosotros, grupos que llaman a ignorar el voto como voz del pueblo, conglomerados que piden cuotas para sus causas, ciudadanos que toleran a los criminales y los convierten en sus modelos a seguir, gobiernos y electores que premian a los corruptos, aprobaciones de leyes peleadas con el sentido común, jóvenes con Ferragamo en la cintura y nada de Sartori en la cabeza son ejemplos del poderío idiota.

 

No se ve en el futuro cercano las voces de cordura que, eventualmente, nos regresan a la dirección adecuada. Tal vez estén muy ocupados dejando de ser idiotas, asustados o huyendo de las hogueras que se alimentan de las primeras voces de oposición al Status Quo de la idiotez. Seamos Idiotas, pero no evangelicemos nuestras boberías al resto de nuestros semejantes.

 

EL MEMENTO DE HOY

 

 

Twitter: @juanordorica

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