La historia de México durante el siglo XX tiene en el sindicalismo uno de sus capítulos más interesantes y mejor documentados; nombres como Demetrio Vallejo, Luis N. Morones, Fidel Velázquez, Vicente Lombardo Toledano, hasta los execrados Elba Esther Gordillo, Napoleón Gomez Urrutia y Joaquín Hernández Galicia “La Quina” representan luchas, provocaciones, poder y sobre todas las cosas, obediencia. Los sindicatos nacieron como una forma de control corporativo en la etapa post revolucionaría; el sistema político mexicano necesitaba agrupar a las diferentes voces de los sectores productivos en agrupaciones únicas, que facilitaran la manipulación de los trabajadores.

 

A finales del Siglo XX y principios del XXI, los sindicatos dejan de servir al sistema político mexicano. Los nuevos tiempos y las democracias ciudadanas desplazaron los controles corporativos, volviendo obsoletos los movimientos sindicales. Con la llegada de la alternancia política, de un día para otro, los líderes sindicales fueron liberados del yugo de la obediencia ciega y despertaron con el control de asociaciones de muy altas membresías y recursos financieros boyantes. Se convirtieron en el nuevo rico del pueblo, sin ataduras o figura alguna de autoridad a quien rendir cuentas; los verdaderos beneficiados de la libertad, paradójicamente, fueron los líderes de sindicatos, que bajo su mando exigen obediencia ciega a sus designios, dejando indefensos a los trabajadores que dicen representar.

 

El exceso de tiempo libre, el poder absoluto sin contrapesos y millonarios recursos financieros discrecionales son la receta perfecta para fraguar dictadores. Los faraones egipcios se sentirían orgullosos de muchos de nuestros sindicalistas. Las bellas escenas, con filas interminables de agradecidos súbditos que buscan entregar sus obsequios al amadísimo líder en medio de fiestas supinas y horteras en playas celestinas, deben de ser dignas de documentales para museos de antropología y no prácticas comunes de la vida laboral. Los supuestos liderazgos en condiciones de tantos excesos llevan a muchos a perderse, en la peregrina idea que su culto debe extenderse a más rincones de la sociedad. No les basta tener séquitos forzados por las circunstancias, necesitan expandir sus egos a las curules legislativas, cabildos municipales y en megalomanías galopantes; incluso sueñan con algunas gubernaturas.

 

Los recursos de la mayoría de los sindicatos son una transferencia indirecta del dinero del Estado, los impuestos van a parar a manos de aprendices de sátrapas; el argumento de la autonomía sindical es una argucia legaloide, pues sus agremiados cargan con el peso de cuotas obligatorias sin la libertad para determinar el momento que quieran dejar de aportar a estos conceptos.

 

La representación sindical merece verdaderos líderes comprometidos con las causas de sus gremios; dirigentes entregados en su totalidad a defender los derechos del trabajador. No estaría de más si algunos de ellos presentara renuncias a sus cargos a la hora de buscar posiciones de elección popular, puesto que un servidor público trabaja para los intereses de toda la sociedad en su conjunto y no solo para el beneficio de un colectivo en particular. Tanto sindicatos como sociedad merecen liderazgos independientes uno del otro, las rendición de cuentas en ambos sectores es muy importante, es tiempo de terminar con los “todas mías” del Poder.

 

EL MEMENTO DE HOY

 

 

Twitter: @juanordorica

 

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