El lunes pasado tuvimos en Culiacán una tarde de plomo, sustos y trending topic. Una balacera en el sector Cañadas movilizó a gran parte de los cuerpos de seguridad convirtiendo esta zona, para los amantes de los video juegos, en un emulador de realidad aumentada del afamado juego Call of duty. Al parecer un grupo delictivo, dedicado al secuestro, se enfrentó por varias horas a las policías estatales, ejército y marina, terminando la jornada con algunos muertos y la sensación de impotencia por parte de la ciudadanía.

 

La realidad de nuestro estado es muy terca y no deja crecer la percepción de una seguridad sostenida. Las autoridades de alguna u otra forma han decidido enfrentar a estos grupos, y aún con limitaciones, se puede decir que existe la voluntad de atacar el problema; desgraciadamente la lucha contra este cáncer de podredumbre va más allá de acciones policiales efectivas. Una vez que las balaceras terminan comienza la labor de la justicia, aquí es donde la República tiene su hoyo negro de impunidad; según un estudio hecho por el Centro de Estudios sobre Impunidad y Justicia (CESIJ), perteneciente a la Universidad de las Américas Puebla (UDLA) , México ocupa el penúltimo ligar de 52 países en el Índice de Impunidad Global, solo Filipinas está por debajo de nosotros.

 

Según este estudio, los gastos del gobierno no debe destinarse más a nuevas policías sino mejorar las que ya tenemos, sin embargo, el rezago en nuestro sistema judicial es alarmante. Básicamente lo que nos dicen estos analistas es que necesitamos más jueces y menos policías.

 

Se ha dicho, hasta el cansancio, que delinquir bajo el contexto actual resulta muy estimulante para una sociedad sin oportunidades reales de movilidad social. Las pocas probabilidades de ser castigado por alguna autoridad aumentan el número de candidatos a criminales, el círculo vicioso parece nunca terminar. Se dice que en Suecia cuando un ciudadano comete un delito, este espera ser atrapado y pagar las consecuencias; en México no, aquí quien decide ser malandrín está consciente que sus probabilidades de éxito son mayúsculas, por lo tanto, no espera ser atrapado.

 

Existe una impunidad aún más preocupante y peligrosa, la impunidad social; nos hemos convertido en una sociedad permisiva de estas conductas, incluso, hasta cómplices tácitos de esta situación. La indiferencia, a estas alturas, fuera un comportamiento menos dañino, porque al ignorar algo simplemente no participamos, sin embargo muchos sectores de la comunidad han decidido dejar pasar y convivir con estas personas que cargan la sombra del crimen sobre de ellos, sin ni siquiera hacerlos merecedores de consecuencias sociales, como pudiera ser el aislamiento o el repudio. Las balas que vuelan por nuestras ciudades llevan algo más que plomo y muerte, están envueltas en casquillos de culpas colectivas, son pocos los que se pueden decir inocentes de estas situaciones, es tiempo de castigar estos comportamientos. Mínimamente usemos el látigo de nuestro desprecio y miradas inquisidoras con los mercaderes de la muerte y todo lo que se relacione con ellos.

 

EL MEMENTO DE HOY

 

Twitter: @juanordorica

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