La siguiente historia está basada en hechos reales –aunque el sentido común nos diga que esto debería ser irreal-, el nombre de los protagonistas ha sido cambiado, se recomienda discreción por parte de los lectores -pueden encontrar descritas escenas grotescas de corrupción, estupidez o simplemente burocracia kafkiana-.

 

Un día del primaveral marzo, Inocencio decidió que debería pensar más en el significado de la vida; acompañó a sus padres a una cita médica en una de las tantas clínicas del IMSS con instalaciones que funcionan como templos zen, en las cuales se invita a la meditación. Después de una jornada de muchas horas de autocontemplación, donde la paciencia de un monje budista puede flaquear, Inocencio optó por aprovechar su tiempo en la Institución para conocer los trámites de afiliación de sus hijos menores. Se presentó radiante de felicidad y candor a una ventanilla en donde, una muy amable y servicial servidora pública, con gusto aclaró todos los requisitos necesarios para dar de alta a sus retoños.

 

Inocencio tenía una relación existencial con el IMSS desde 1994, año que se inscribió en los libros de tan eficiente Institución, en 1998 regresó del brazo de su esposa para recibir a su primogénito, con la felicidad que los embargaba en ese momento, el Seguro Social solicitó muy prudentemente que Inocencio registrara a su esposa y nuevo hijo. Él, muy obediente obedeció la indicación y así lo hizo. Pasaron muchos años y llegaron más hijos, pero no tuvieron su natalicio en el IMSS, por eso nunca fueron registrados como el señor de la burocracia así lo demanda.

 

La muy amable y servicial servidora pública interrumpió los pensamientos de nuestro protagonista y le hizo la observación que no era necesario dar de alta a sus hijos menores, pues estos ya le aparecían en el sistema… - ¿Cómo es posible esto?- pregunto sorprendido Inocencio. – ¡Yo jamás he presentado trámite alguno para ese registro!- argumentó para respaldar su asombro. La amable y servicial servidora pública hizo saber que en su registro se encontraban tres hijos, poco o nada le importaba al sistema que los apellidos fueran diferentes a los de Inocencio. Si el sistema lo dice, los hijos no deben tener ninguna relación legal con el progenitor; ¡esto es palabra del IMSS! Ya entrados en aclaraciones, Inocencio solicita el nombre de su esposa ante los registros inalterables del archivo omnisciente. Vino la sorpresa…se materializo la visión de una institución liberal, progresista y adelantada a los tiempos de cualquier legislación federal o estatal. Inocencio ya no tenía esposa para el IMSS, tenía concubina y el nombre de esta concubina era…. “Roberto”. Para los archivos del IMSS, el concubino Roberto y tres hijos con otros apellidos, pertenecían como beneficiarios de Inocencio desde el 2007. Ocho años pasaron desde el registro y nadie notó nada extraño.

 

Hoy Inocencio camina entre sollozos por los lúgubres pasillos de subdelegaciones, va de un burócrata a otro, presentando actas de matrimonio y nacimiento a diestra y siniestra. Tiene que convencer al Seguro Social que es un hombre casado sin concubinos; la ley de sociedad de convivencia le fue aplicada incluso antes de su aprobación. Bienaventurados los que creen en la honestidad del IMSS, pues de ellos será el reino de las vigencias.

 

EL MEMENTO DE HOY

 

 

Twitter: @juanordorica

 

COMENTA LA NOTA