En una apartada tierra de calurosos bosques, habita una comunidad de golondrinas multicolor, de numerosas especies y agradables trinos. Hace algunos años las golondrinas eran felices, vivían del fruto de los árboles, con su trabajo podían mantener a sus polluelos y no tenían muchos depredadores por los cuales preocuparse, salvo alguno que otro halcón, que ocasionalmente bajaba de las montañas para ocasionar tropelías entre los pajaritos.

 

Los gobiernos de las golondrinas nunca se preocuparon mucho por aquellas incursiones de los halcones, incluso algunos de los líderes golondrinas los invitaban a sus nidos, todo por el placer de tener amigos poderosos y probar las migajas que los halcones traían de sus montañas. Los años pasaron y los halcones cada vez más confiados bajaban de la montaña y fueron habitando uno a uno los árboles de las golondrinas, al principio los pajarillos se sentían cómodos con esa vecindad, era motivo de orgullo saber que su árbol era lo suficientemente importante para ser elegido por un halcón. Los polluelos de las golondrinas crecieron y buscando imitar a los halcones se pusieron garras en sus patas, se pintaron las plumas y afilaron sus picos; más temprano que tarde comenzaron las rencillas entre golondrinas, las pacificas avecillas, dejaron de buscar el sustento entre las ramas de su árbol, para dedicarse al servicio de los halcones y sus caprichos. Los pajarillos no atendieron esas señales, quedaron seducidos por los tesoros que los halcones traían con ellos de las montañas, perdieron a sus polluelos, muchos queriendo ser lo que no eran, volaron tan alto que se congelaron y cayeron como rocas en desfiladero.

 

Ante el caos, los halcones decidieron que las golondrinas ya no deberían de mandar sobre el bosque. Invitaron a una parvada de cuervos, los enseñaron a cantar como golondrina; a la vuelta de unos pocos años y algunas elecciones después, las cornejas ya dominaban la arbolada. Aún así los halcones no se veían del todo satisfechos, decidieron entonces mandar a los de su propia especie a gobernar, utilizaron halcones, que desde polluelos habían crecido con las golondrinas, asistiendo a las mismas escuelas, conviviendo en sus fiestas, o incluso casando halcones con golondrinas otrora dueñas de follajes importantes, pero de ramas secas a esas fechas. El mimetismo entre el depredador y la presa casi se ha completado; los ornitólogos que observan el comportamiento del ecosistema coinciden que todas todos los árboles presentan convivencia conjunta entre ambas especies. Han llegado a detectar a golondrinas que comparten el fruto de su trabajo o tienen sus árboles a nombre de halcones.

 

El bosque desde entonces ha dejado de ser un lugar de libertades, las golondrinas han perdido su identidad, unas por omisión, otras por ambición y la mayoría por resignación. Mientras las golondrinas no luchen por ser dueños de su destino, hasta los pichones gordos, rellenos de naftalina, maiceados y de otras latitudes tendrán la tentación de aterrizar en las ramas del poder. El bosque necesita florecer de nuevo, hay ocasiones donde una golondrina puede hacer verano. Si escuchamos los trinos con atención, podemos distinguir el canto de una verdadera golondrina, entre los espeluznantes chillidos de halcones y tétricos graznidos de los cuervos.

 

EL MEMENTO DE HOY

 

 

Twitter: @juanordorica

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