Si tal vez tú no me escuchas cuando cante esta canción, no me importa porque al menos buena era mi intención.

Pedro Palacios

 

 

Esta semana netflix estrenó la nueva temporada de House of Cards, una excelente serie que habla de un oscuro personaje de la política estadounidense. El protagonista, Frank Underwood, reúne todas las características de perversidad en el ambiente que se desenvuelve. Es tan compleja su personalidad y tan obstinada su búsqueda por el poder que no teme hacer valer cualquier recurso a su alcance para obtenerlo. Muestra el aspecto más infame de los políticos: hipócritas, extorsionadores, viciosos, ladrones, corruptos, homicidas, mentirosos y una larga lista de etcéteras, no importa cuán ruin sea la práctica siempre es justificable para obtener el beneficio deseado.

 

Sin embargo en un punto de esta temporada se refleja un aspecto inédito de su personalidad, su necesidad casi obsesiva de dejar un legado por el cual ser recordado. Hasta este punto sabíamos de su ambición y su búsqueda de subir en la escala de poder, pero poco sabíamos de sus razones.

 

Esto me llevó inmediatamente a hacerme la pregunta ¿qué motiva a nuestros políticos a incursionar en este oficio? Para algunos sucio y complicado, para otros natural y necesario para nuestro desarrollo, pero pocas veces les preguntamos a ellos ¿qué los trajo aquí? ¿por qué ser lo que quiere ser?

 

Ante preguntas complicadas, es obvio que recibiremos respuestas vacías: “la vocación de ayudar a los demás”, “generar un cambio en mi comunidad”, “aportar mi trabajo para los necesitados”. Pero realmente, muy en el fondo ¿por qué están aquí? La lógica nos puede ayudar a encontrar algunas respuestas: muchos buscan dinero, otros tantos reconocimiento, algunos lo hacen por ego y amor propio, unos por mera coincidencia, y habrá quienes sí lo hagan por mera vocación.

 

Nunca he creído, ni aquí, ni en ninguna práctica, que las intenciones sean auténticamente puras, hasta cuando se hace caridad se busca el placer personal que produce ayudar. Pero en este punto en que el país está tan necesitado de resultados, muy poco importan ya las razones por las que los políticos entran en esta práctica. No queremos que sean santos dedicados con devoción y amor impoluto al pueblo, lo que sí queremos es que sean honestos, efectivos y brinden resultados.

 

Dudo mucho que todos los políticos sean tan perversos como Underwood, pero ojalá que nuestra clase política mexicana sí fuera al menos más astuta, más inteligente, más preparada, pero sobre todo, que quienes andan en este ambiente tengan aunque sea la mitad de determinación obstinada que tiene él, de dejar un legado digno.

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