Salió como alma que lleva el diablo. Su cola negra meneándose al aire, su espíritu de travieso y sus ganas de romper con los moldes establecidos lo empujaron. Por fin pudo aprovechar la apertura del zaguán y escapar como el más gallardo de los gladiadores.

 

Del otro lado de la esquina, también en carrera, pero no tan acelerada, más pausada y con movimientos de alegría se acercaba la autora de su existencia. Esa perra negra, con sus pezones abultados y colgantes, lo recibió con gusto. Y hasta se puso a corretearlo y jugar con él. ¡Era la mejor bienvenida!, después de días de rechazarlo por la gran osadía de intentar mamar de nuevo, cuando ya no era tiempo.

 

Una cuadra los separaba. Pero por fin juntos: mamá e hijo, uno de los ocho que llegaron a dejarla escuálida y cansada. Volvía con ella, pero sólo un momento, un pequeño juego de ella, y a regresar a la vida cotidiana, a buscar entre las casas la comida apetecible, el guiño amable, que le permitiera husmear con tranquilidad y no quedarse sin el alimento del día.

 

Los otros cachorros, a esperar que la mamá decidiera si les permitía de nuevo introducir sus hocicos por debajo de su vientre. Pero no. Eran determinantes sus razones. Su cola erguida, su semblante serio.

 

Y ése que se había ido, ahí estaba esperándola de nuevo. Buscando inquieto esos pezones tan ansiados, tan prometedores. Tampoco: un juego en redondo, cola en movimiento y asunto finalizado. No habría más.

 

El pequeño pelo de azabache agachaba la cabeza y lo comprendía. Ya no más. Al juego otra vez, a correr, a buscar el sitio de su nuevo hogar, a regresar, porque aquella casa con el enorme patio, donde su madre habitaba, y él jugó tan plácidamente con sus hermanos, ya no era su espacio. Sólo un instante de desasosiego.

 

Sus pequeñas patas traseras, y su entusiasmo de nuevo al ataque. El descubrimiento del mundo, los pequeños mendrugos que despertaban su curiosidad, las llantas grandes de aquella bicicleta, las intenciones de ganarse a los perros grandes de esa nueva casa, que por cierto rara vez le prestaban atención y generalmente le huían, regañándolo constantemente  por sus molestosos  arrebatos. Éste era ahora su lugar. No habría retorno. Lo sabía.

 

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