Llegó hasta mí con sus ojos penetrantes y negros, acosándome. Su cuello elegante y fino mantenía su perfil intachable. Se acercó demasiado robando el espacio vital.  Se colocó sobre el sillón, luego nariz con nariz hasta dejar replegada cualquier intención de esquivarla. ¿Qué quería?

 

Su mirada permanecía en contacto visual, no emitía sonidos. A lo lejos los ladridos de un perro negro no la distraían, y el movimiento de cola de un pequeño cachorro que jugaba al frente de la casa tampoco la perturbaba. Su intento de comunicar era evidente, pero ¿cuál era la intención?

 

Hacerse hacia atrás como única salida, respetar el acomodo de su cuerpo,  no quedaba otra opción. No quitaba las pezuñas del lugar, ni un solo centímetro se desviaba hacia un lado ni hacía otro. No retrocedía ni por asomo. Y sus ojos igual de penetrantes y acusadores.

 

Estuvo ahí en ese sitio cinco, diez, largos minutos. Finalmente, con un gesto de completo desagrado, su cuerpo dio un viraje y salió corriendo buscando allá en la tierra, el sitio no seguro, incómodo,  tan poco favorecedor. El motivo era ése.

 

Ella quería ese espacio calientito, con calor de hogar, donde protegerse del frío, y del viento, de los odiosos truenos de cohetes, y alejada de las miradas públicas e inoportunas que siempre solían depararle sorpresas, entre ellas las piedras insolentes que alguna vez hicieron llagas en su cuerpo.

 

Días y días permaneció mirando hacia la calle, con la cabeza metida entre las patas, esperando de un momento a otro, esos golpes inmerecidos, pues ella no los había  provocado sino su eterno compañero negro, alborotador y pendenciero.

 

Pero cuando el asiento trasero de un auto llegó a donde ella habitaba, fue una bendición, el ideal para descansar, el preferido, el siempre anhelado donde colocar la cabeza, las patas, y todo el cuerpo mientras, otros allá a lo lejos se atiriciaban de frío, con la mirada discreta y perdida en el horizonte.

 

Había miles de razones para reclamarlo.

 

 

Elizabeth Valdez Caro 

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