Las palabras la engolosinan. Las vierte a doquier en esa banca, sentada en la parada de camiones, no espera ninguno. Sólo es un espacio para entablar pleitos y continuas conversaciones con fantasmas que la visitan de manera continua.

 

Su camiseta gris con el nombre de una escuela primaria distrae la vista, pero sus ojos se disparan como saetas a un ser imaginario, al que reclama, grita, e insulta con intensidad. Sus cejas se levantan, su rostro se arruga y asusta como si viera la muerte de repente.

 

Luego sigue sentenciando con sus frases al viento, cuánto es posible decir de sus angustias, de las injusticias vividas, de los sueños frustrados. Su explosión inunda la esquina, la banqueta y en ese espacio no es posible observar más que su energía.

 

Su pelo cano, su gesto de mujer de sufrimientos cala hondo. Nadie la escucha, los carros y transeúntes pasan, y su plática parece infinita. Se puede ir y venir y encontrarla ahí, vociferando.

 

Al final, ya cansada, como si las horas y los años la hubieran triturado se levanta y empieza a caminar dando vueltas en la noche sin luna. Mirando hacia atrás como si alguien la persiguiera, como si varias figuras deformadas la cundieran con las sombras de la tarde, y se aferrarán a su espalda. Huye, corre y vuelve a gritar a todos los que en esas horas se atreven a visitarla, sin observar su desafío. La guerra continúa y ella es el habitante número uno de sus pesadillas.

 

La calle está sola otra vez, sin ella, y allá a lo lejos su sombra acompañando la oscuridad.

 

Elizabeth Valdez Caro

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