Han llenado las calles, los callejones, las esquinas, y cuanto espacio de la ciudad es posible, son viajeros trashumantes, hombres del artificio del juego y los malabares, que se juntan sin querer con indígenas que vienen a buscar el sustento para sus fiestas -de las que aún no pueden despedirse aunque haya tanta crisis- y si es necesario bailar, han de hacerlo, para poderlas continuar y,  si es posible, perpetuar.

 

También los “trampas” con acento guatemalteco y salvadoreño cierran las camellones, anegándolos con sus cantos y palabras, como lo harían los pájaros que van a habitar los árboles frente a Forum, de pronto ni una sola rama urbana queda sin ellos; les gustó para hábitat, para zona de sobrevivencia.

 

Algunos dicen que por encontrar caras bonitas mejor se quedaron, o acaso más generosidad en los bolsillos de los “culichis”, que dados de corazón, les arrojan unas monedas. Los salvadoreños suelen entretejer historias por las tardes naranjas que suelen susurrar a quienes les escuchen, también los durangueños que vienen a visitar el solar, nos botan los sentidos con sus aventuras y delirios, de tanto espacio habitable en su natal estado.

 

Tal como si fuera un set de película del oeste, llegan todos a desempeñar su rol de personajes del asfalto. La tierra “culichi”, ya asoleada y frondosa en amplitud de mano amiga, los espera con los brazos abiertos. Son seres de soledad, y aquí no lo estamos. Son vecinos que vienen a recoger el entusiasmo de los habitantes de esta tierra, el empuje que ven en los que caminan por este suelo.

 

Pocos esperan devolverse ya, han llegado no sólo en temporal, algunos vienen para quedarse. “Nos gustó el sol anaranjadito, oiga, los atardeceres”, dice un habitante de la región del alacrán, pero luego afirma: “nos emociona ver tanto rostro bonito, tantas piernas, tanto desfile de carnaval de las muchachas, que le hace, que no siempre tengamos para tragar”, comenta a un bolero el joven moreno “tragafuegos”, que no se decide a ponerse una fecha de vuelta hacia la geografía del origen.

 

En noches frescas, y en mañanas ya calurosas, poco a poco, el sol ya quemante puede quitarles la esperanza de un despertar sin aspavientos, pero al quedarse otra tarde y mirar hacia el horizonte, con curvas delineadas sobre él, otra vez el ensueño los devora, y ya no hay catapulta que los devuelva.

 

Elizabeth Valdez Caro

 

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