En la actualidad, las personas enfrentan diferentes tipos de violencia todos los días: en el hogar, en la calle, en la escuela, en el trabajo, física o verbal, lo cual se extiende a casi todas las actividades de la vida cotidiana y se convierte en un problema social.

 

En muchos de los casos, no se trata sólo de un “instinto de sobrevivencia o la ley del más fuerte”, como evolutivamente se pudiera pensar, sino que subyace un comportamiento adictivo en personas que constantemente están inmersas en dichas situaciones.

 

“La violencia es un acto de factores internos y genéticos, que también está definida por fuerzas sociales y económicas que juegan dentro de un mismo ambiente”, afirma Stanley Kippner, profesor de sicología en el Saybrook Graduate School and Research Center de San Francisco, California.

 

En ocasiones, la violencia puede ser reforzada al grado de ser considerada una adicción, un acto obsesivo y repetitivo siempre que se presente la oportunidad. Por ejemplo, el maltrato a los empleados de un superior por su adicción al trabajo.

 

Bajo estas condiciones, la violencia se convierte en un modo de vida para individuos que hallan recompensa por tal comportamiento, así que lo extienden a cada ámbito de su vida para tratar de lograr –inconscientemente- el mismo resultado.

 

De acuerdo con el doctor Sergio Rueda, del Programa Integral de Adicciones del Instituto de Medicina y Tecnología Avanzada de la Conducta, existen personas cuya reacción violenta se presenta como resultado de un estado alterado de conciencia debido a procesos neuro y fisiológicos.

 

“Existe la capacidad de ciertas personas, ante un ataque, de tener mayor seguridad (e incluso sanar más rápido), debido a que su cuerpo libera diversas sustancias, como la cortisona, lactosa y dopamina.

 

Estas hormonas producen un estado de reacción, de ataque, caracterizado por la dilatación de la pupila, alteraciones en el metabolismo, hipertensión, taquicardia, mayor índice de azúcar y anticoagulantes en la sangre, que combinado con la adrenalina, puede ser un  estado muy adictivo para una persona.

 

Por ello, es necesario poner atención a las personas con este tipo de comportamiento, debido a que no sólo ellas son quienes presentarán dicho estado: la conducta violenta se genera en cadena, así que ésta puede pasar de un hombre a su mujer, de ella a sus hijos, del mayor al menor, y éste a las mascotas, así como entre compañeros de trabajo o cualquier otra ámbito.

 

Uno de los principales puntos para determinar que una persona es adicta a la violencia y conflictos, es que así como presenta picos de excitación debido a la recompensa, también presenta descensos en su estado de ánimo, por lo que esta adicción también tiene picos depresivos.

 

No obstante, todavía se pueden modificar esos patrones, pero es necesario aceptar que se presenta como un problema psicosocial, y no sólo la consecuencia de la educación o circunstancias, explica el director de los Centros de Integración Juvenil (CIJ), Víctor Manuel Guisa.

 

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