#EsLoQueHay. En Sinaloa, como en todos los sitios convertidos en campos de batalla del narcotráfico, el periodismo corre el riesgo de reducirse a una interminable crónica de nota roja. En el peor de los casos, a un mero parte de guerra.

 

Es típico el conflicto al que se enfrentan los editores ante un suceso sangriento de importancia: informar de él llanamente o darle el despliegue que merece de acuerdo con el nivel de atención pública que entraña. En materia de hechos policiacos, esa puede ser la frontera entre el sensacionalismo y un ejercicio serio del periodismo.

 

La disyuntiva se vuelve un conflicto ético sustancial en plazas como Sinaloa. ¿Hasta qué punto pueden los medios de comunicación volverse cómplices de esta cultura de la violencia al retratarla? Imposible, por otro lado, considerar siquiera desechar este tipo de notas, porque ello colocaría a cualquier medio en la antítesis del quehacer periodístico: ocultar información.

 

Mueven a la reflexión los resultados de las encuestas donde se observa una disparidad notable entre los índices de inseguridad existentes y la percepción que la gente tiene de ese tema. Cada homicidio que se comete al son de la ráfaga de las metralletas constituye, por su espectacularidad, el tema del día no sólo en los medios de comunicación, sino en las redes sociales, en las pláticas de café, en los comentarios de pasillo. 

 

Pero no se trata sólo de chismografía o morbo, sino de algo mucho más íntimo, esencial y profundo: sabemos que el o la siguiente de la lista podemos ser nosotros. "Andar mal" o "andar bien" es, a estas alturas, un tema irrelevante, si nos atenemos a las balas perdidas que recientemente segaron las vidas de una niña y de una señora embarazada, igual que de otros inocentes. En los últimos días han caído abatidos por las balas lo mismo criminales, que policías y hasta un alto funcionario federal.

 

El deber fundamental de la prensa es consignar los hechos. Cualquier consideración de otro tipo resulta secundaria, hueca o, en el peor de los casos, interesada.

 

La historia del narcotráfico continúa siendo una asignatura pendiente para los investigadores. Averiguar demasiado sobre este tema puede representar un peligro mortal y así lo demuestran los sepulcros de periodistas y abogados.

 

Tal vez la relatoría más fiel del desarrollo de esta actividad se encuentre en los corridos de narcotraficantes. Las prohibiciones para difundir las hazañas musicalizadas de los barones de la droga en los medios,  palidecen frente a la magnitud del fenómeno que trastoca nuestros valores.

 

Hay décadas entre las primeras prohibiciones acerca del cultivo, tráfico y consumo de ciertos fármacos en México (1920) y el surgimiento de grabaciones de corridos de traficantes, que se da a partir de 1975, con el “boom” de Los Tigres del Norte, “La banda del carro rojo”, Camelia la Texana y lo que le siguió.

 

Este hecho marca la salida de la clandestinidad de los narcotraficantes. En la admiración que genera el oropel que rodea sus vidas, se finca el principio medular que explica el surgimiento de la narcocultura y la cultura de la violencia.

 

He aquí una de las mayores paradojas de lo que hoy se vive en Sinaloa y otros estados y países asolados por el narcotráfico: el valor de la vida se vuelve nulo. Matar al prójimo parece ser un acto como cualquier otro.

 

En este ámbito, la idea de la violencia sustentada en un impulso natural de autoconservación queda desechada. La investigadora Rosa María Torres observa cómo las especies animales limitan la violencia mediante dos mecanismos: la definición de un territorio y la jerarquización por el dominio del más fuerte. Pero nunca un animal pelea hasta la muerte, ni se ha observado que formen grupos para hacerse la guerra entre sí. No es su propia destrucción el fin de la lucha.

 

El momento actual vuelve presente, más que nunca, la antigua sentencia romana: "Homo homini lupus est": El hombre es el lobo del hombre.

 

Si Wright Mills asegura que “toda política es lucha por el poder, y la forma última del poder es la violencia”, Hannah Arent lanza en su estudio “Sobre la violencia” una advertencia que hoy nos toca de modo directo y que citamos para concluir:

 

“El peligro de la violencia será siempre que los medios avasallen al fin. Si las metas no se logran rápidamente, el resultado será no solo una derrota sino también la introducción de la práctica de la violencia en el seno del cuerpo político entero. La acción es irreversible y en el caso de derrota es siempre improbable el regreso al statu quo. La práctica de la violencia como toda acción, cambia el mundo, pero lo más probable es que este cambio traiga consigo un mundo más violento”.

 

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