#FidelYHeriberto. Allá en los años noventa, durante una cena en casa de Iván Restrepo, los intelectuales que me permitían convivir con ellos (quizá porque les caía en gracia con mi acento norteño y el candor de mi ignorancia), se pusieron a hablar con singular interés de un paisano mío: Heriberto Galindo Quiñones, amigo de varios de los presentes y foco de admiración de todos, lo mismo por su inteligencia y cultura tan poco frecuentes en un hombre dedicado a la política, como por hechos singulares que rodeaban su vida:  

 

El milagro de sobrevivir al atentado contra José Francisco Ruiz Massieu pese a que iba con él de copiloto (la pistola se le atascó al sicario cuando apuntó a Heriberto), por ejemplo, o su estrecha amistad con otro gran político malogrado: Luis Donaldo Colosio, de quien sabe cosas que jamás ha dicho. 

 

En medio de la admiración de los intelectuales, la fe cristiana entonces   recientemente abrazada por Galindo era objeto de chascarrillos malévolos de todos, menos uno: Carlos Monsiváis.  

 

Pocos lo saben, pero en un medio ateo como es la izquierda, Carlos jamás abandonó el apego a la religión protestante que su madre le inculcó desde niño, aunque nunca hablara de ello salvo con sus hermanos de fe, como era el caso de Heriberto, el único priista por quien Carlos sentía un afecto entrañable. Era tal su anti priismo, que le retiró la palabra de por vida a quien fuera su mejor amiga, la escritora María Luisa "La China" Mendoza, cuando ésta aceptó ser diputada federal por el PRI.

 

"Alguien tendría que ponerse a escribir, ya, la biografía de Heriberto Galindo", dijo Monsiváis en aquella cena y la entonces joven editora (a la postre presidenta del Conaculta) Consuelo Sáizar, le preguntó: "¿Y quién debe escribirla, Carlos?"

 

Parco, a su modo, Monsiváis respondió rápidamente: "Luis Enrique".

 

Todos voltearon a verme, pero uno con carcajadas burlonas: Héctor Aguilar Camín. No me molestó, estaba acostumbrado a sus desplantes, siempre me vio por debajo del hombro y ni en su casa me saludaba. Era una casa blanca en San Miguel Chapultepec, con las habitaciones alrededor de un patio central, como las residencias del viejo Culiacán. 

 

Me encantaba visitarla por la casa en sí, pero sobre todo por Ángeles Mastretta, cuya belleza y encanto me tenían arrobado por aquellos años. 

 

Héctor jamás se dignó a llamarme por mi nombre, se refería a mí como "ese muchachito flaco que siempre anda pegado a mi mujer".

 

Pues bien, resultó que aquella carcajada no fue fruto del desprecio de Aguilar Camín a mi persona, sino a algo que allí, en la mesa, me hizo saber Ángeles, frente a todos:

 

"Corazón ya te ganaron. Mi marido ya casi convence a Heriberto de escribirle su biografía. Es cuestión de días para que firmen".

 

Décadas después me lo confirmó Galindo: Héctor Aguilar Camín llevaba años en trabajo de persuasión para ser el autor de sus memorias, pero él siempre se negaba. A la fecha, dice que su historia personal y todo lo que tiene por decir sólo será posible publicar una vez que se retire de la política. 

 

El momento, evidentemente, no ha llegado.

 

En sus artículos para SDP Noticias, sin embargo, suelen asomarse episodios en ocasión de sucesos como fue el vigésimo aniversario luctuoso de Colosio o el ascenso a la presidencia de Enrique Peña Nieto, a quien conoció en sus inicios en la política y quien le dedica público y amplio respeto.

 

En estos días, Heriberto Galindo es uno de los personajes más entrevistados tras el deceso de Fidel Castro, de cuya amistad gozó cuando fungió como embajador de Mexico en Cuba. 

 

Ha "soltado" Heriberto una que otra anécdota, como la ocasión en que su hija Jimena le dijo al comandante con franqueza que su discurso ya no llegaba a los jóvenes.

 

Pero es mucho lo que Castro y Galindo compartieron y en lo personal conocemos un episodio asombroso que pone de relieve el grado del afecto que Fidel le tuvo al sinaloense:

 

Viajaban en un avión, siendo Heriberto embajador a inicios del año 2 mil, y de pronto la conversación se orientó al tema espiritual primero, y al religioso después. Ateo furibundo, el cubano escuchó a Galindo compartirle la palabra de Dios y de pronto, lo inconcebible: Heriberto le entregó una Biblia, y Fidel la aceptó, aunque sin hacer el compromiso de leerla.

 

¿Puede el amable lector imaginar la escena?

 

Nos gustaría que la narrara Heriberto en su próximo artículo, aunque más nos gustaría que un día de estos, sin abandonar necesariamente la política, Galindo le hiciera caso a Monsiváis y le permitiera a un servidor escribir su biografía. 

 

Por lo pronto, compartimos con ustedes dos links: el del artículo de Galindo "Pensar y recordar a Fidel" y una de las mejores entrevistas que ha dado en estos días sobre Castro, al prestigiado sitio internacional de internet Vice.

 

Que disfruten ambas lecturas, amigas y amigos.

 

http://www.sdpnoticias.com/nacional/2016/11/26/pensar-y-recordar-a-fidel-castro

 

 

https://news.vice.com/es/article/exembajador-mexico-cuba-cuenta-como-trabajar-fidel?utm_source=vicenewsesfbmx

 

 

 

 

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